sábado, 7 de marzo de 2026

¨ Caminante no hay camino¨


 

 ¨Caminante no hay camino¨


                                                  Autor:

                                                                                           Gerardo RODRIGUEZ MUÑOZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentando mis intenciones

 

 

Ahora, mirando atrás desde los cincuenta y ocho, mi biografía es una colección de coordenadas. No de logros, sino de sitios. De atmósferas. El frío mineral de una cueva, el peso húmedo del aire en la cuenca del Manzanares minutos antes de que un corzo cruce una senda de agua, la luz plana del desierto namibio. He tenido oficios: técnico con georadar, hombre que fotografía sombras del pasado bajo el sol. Eran los trabajos que permitían el Trabajo: el de vagabundear con los sentidos despiertos. Mi verdadera profesión fue siempre la de viajero.

 

Este escrito que aquí comienza no aspira a ser un recuento de hazañas. Quiere ser el rastro de una vida construida bajo dos luces distintas, a veces contradictorias: la luz clara y dura de la libertad individual sin concesiones, y la luz difusa, dorada, del taoísmo, que habla de ceder y fluir. Parecen opuestas. La rebeldía absoluta y la aceptación plena. Pero encontré su punto de encuentro, su equilibrio inestable, en el simple acto de caminar por el mundo. Viajar fue mi forma de anarquía y mi modo de meditación. Mi principal quehacer y la raíz de todo lo que he aprendido—sobre la tierra y sobre la gente.

 

El viaje como acto de libertad radical y auto-soberanía

Desde este ángulo, cada partida era un pequeño exilio voluntario. Una renuncia suave a lo establecido. Las reglas, los roles, las expectativas se quedaban atrás, perdiéndose en la distancia como los postes del telégrafo. Mi libertad no era un concepto, era algo físico. Se palpaba en el peso de la cantimplora llena, en la decisión de torcer a la izquierda en un cruce de caminos, en el silencio de semanas sin noticias. Los trámites, los visados, eran los últimos ecos de un ruido del que me alejaba. Era, en esencia, recuperar la propiedad completa de mi tiempo y mis pasos.

 

Esto no era un simple pasatiempo. Era una postura ética. En la inmensidad de Namibia, intentando descifrar el rastro de un leopardo, la única autoridad era la necesidad pura: encontrar agua, resguardarse, no molestar. La responsabilidad era íntegra y terrible. Un error de cálculo no tenía apelación en ningún tribunal; sus consecuencias eran inmediatas y naturales. En esa soledad, uno se reduce a su esencia: un ser consciente, frágil, en un sistema enorme. Ahí se vive lo libertario en estado puro: la soberanía total sobre uno mismo, con su belleza y su soledad incluidas.

 

Mis trabajos esporádicos— como ayudante en prospecciones arqueolögicas—eran extensiones de esa libertad. No una carrera, sino artesanías curiosas. La foto era mi manera de robarle fragmentos al tiempo, ese otro gran tirano. Lo que llamo “vagancia” era justo lo contrario al ocio: era el tiempo reclamado, no vendido ni intercambiado. Tiempo para mirar una piedra, para seguir el vuelo de un ave sin propósito, para dejar que la curiosidad, y no la obligación, marcase el rumbo. Cada viaje era un voto de confianza depositado en mí mismo.

 

El viaje como práctica taoísta y vía de disolución del yo

Y, sin embargo, esa misma independencia férrea era el camino hacia su contrario. Porque al entregarme a la vastedad—ya fuera el cielo estrellado sobre el Kalahari, el silencio denso de una cueva en Borneo, o el caos verde de una selva—ese “yo” tan defendido empezaba a desdibujarse.

                                 

El taoísmo, con su Camino (el Dao) y su no acción (wu wei), encontraba su escuela perfecta en lo salvaje. Acompañar a un felino es la lección definitiva de wu wei. No se persigue. Se escucha. Se espera. Se camina si él camina; se para si él se para. Aprendes a leer el lenguaje del lugar: la dirección del viento, la frescura de una huella. La voluntad personal se ablanda, se adapta al ritmo del hábitat. Dejas de ser un extraño para convertirte, con suerte, en un elemento más del paisaje, uno que no altera su armonía. Ver un tigre pescador en los manglares de Sundarbans, después de días de paciente quietud, no es una victoria. Es un regalo. La recompensa por haber sabido fundirte con el entorno, por haber apagado el eco de tu propia presencia.

 

En la espeleología, bajando a la oscuridad, o en el buceo, suspendido en el azul, esa disolución es casi literal. El cuerpo obedece a otras leyes, la mente racional se calla. Queda solo la percepción. En esos estados, el Dao De Jing deja de ser filosofía y se vuelve una experiencia del cuerpo: la idea del vacío que todo lo contiene, de la flexibilidad del agua. Viajar, así entendido, era un proceso de vaciado. Cada frontera cruzada era dejar atrás un prejuicio. Cada paisaje nuevo era una oportunidad de soltar una certeza. Lo que quedaba, con suerte, era algo más ligero, más atento, más parte del todo.

 

La síntesis: el nómada como puente. La empatía radical.

Aquí es donde los dos hilos—la libertad individual y la disolución taoísta—se tejen para formar la tela más valiosa: la de una empatía radical.

 

La parte libertaria de mí rechazaba las etiquetas impuestas: nacionalidad, banderas, clases. La parte taoísta anhelaba borrar los límites entre el yo y el resto. El viaje fundió ambos deseos. Al soltar mi identidad prefabricada y al practicar la disolución en la naturaleza, me volví permeable a los demás.

 

Esta empatía no es la lástima del turista, ni la solidaridad abstracta. Es algo más orgánico. Es la que nace al compartir el calor de un fuego con un bereber en las montañas de Argelia, donde el silencio y el gesto de ofrecer un vaso de té hablan más que los discursos. Es la que surge al trabajar junto a un equipo de arqueólogos, bajo un mismo sol, buscando un pasado que es su herencia y, por un momento, también mi curiosidad. Es la que reconoce, en los ojos de un pescador de Sumatra, la misma chispa de preocupación o alegría que hay en los de un leñador canadiense o en los míos propios.

 

Al liberarme de mis propias ataduras, podía ver las de los otros no como folklore, sino como variaciones de la misma condición humana. Y al disolverme en el paisaje, entendí que esas personas no estaban separadas del ecosistema; eran parte de él, con una sabiduría práctica que mis instrumentos a menudo no podían medir. Esta conexión no se basa en que seamos iguales—somos profundamente diversos—sino en una resonancia simple. En saber que, bajo pieles distintas, late la misma búsqueda, el mismo miedo a la tormenta, la misma capacidad de asombro ante el rugido en la noche.

 

La Memoria bajo la Roca y la Semilla en la Pared

La Arqueología Fúngica: Un Diálogo con el Tiempo Vivo

Junto a la búsqueda de lo vivo y fugaz, creció en mí una obsesión silenciosa por lo lento y persistente. Mientras mis ojos seguían felinos, mis dedos buscaban la textura de la roca en cuevas y abrigos. Lo que llamé, para mí, arqueología fúngica: mi práctica personal de observación de la vida que coloniza el arte del pasado. En la cornisa cantábrica, vi cómo musgos y hongos creaban un jardín sobre pinturas esquemáticas, siendo a la vez sus guardianes y sus lentos consumidores. En el Tassili argelino, observé las costras del desierto, ecosistemas microbianos que cartografiaban las fisuras del arte con su pátina. En el Drakensberg sudafricano, documenté los círculos concéntricos de hongos que crecían junto a las figuras de Eland de los san, no sobre ellas, como vecinos en un ciclo natural. En los cañones pueblo de Norteamérica, los líquenes se fundían con los petroglifos hasta ser indistinguibles, y en una cueva de yeso de Nuevo México, manos en negativo estaban enmarcadas por una aureola de hongos quitridios, como un rocío fosilizado. Esta práctica era mi wu wei aplicado a la historia: aceptar la transformación integrada, ver cómo la naturaleza reinterpreta nuestro legado insertándolo en un flujo mayor. Era también un acto de libertad cognitiva, de hacer preguntas fuera del canon académico.

 

La Micolitografía: El Hongo como Símbolo

Pero existía otra faceta: la representación del hongo. En el Abrigo de Selva Pascuala en España, encontré formas verticales coronadas por semiesferas, claramente setoides, pintadas junto a figuras humanas. No eran bastones; eran hongos. En el Tassili, revisité frescos donde personajes en actitud ritual portan objetos micoformes, con una similitud inquietante a ciertos hongos psilocíbicos. En el arte san, ciertas figuras abstractas cerca de las escenas de Eland podían leerse como representaciones estilizadas del vehículo del trance chamánico. Incluso en la Cueva de la Fuente del Trucho en el río Vero, motivos de puntos, caballos y, sobre todo, el conjunto de manos en negativo —algunas con los dedos incompletos, un enigma tan íntimo como inquietante—, me evocaban las redes de micorrizas, el "internet" forestal. Y en petroglifos sudamericanos, descubrí la iconografía ictio-micóidea, donde peces y hongos se fusionan en un solo glifo, simbolizando quizás los dos polos del ciclo de transformación de la materia: el agua y la descomposición. Estos símbolos no eran decoración; eran mapas cognitivos de un conocimiento profundo y sagrado sobre la interconexión de la vida.

 

Encuentros en la Senda micófila: El Conocimiento Vivo

Esta búsqueda me llevó inevitablemente al presente, a los guardianes vivos de ese conocimiento. En los valles áridos de Nuevo México, no lejos de donde exploraba cuevas de yeso, un encuentro en Taos Pueblo me reveló otra faceta del vínculo. Un anciano de la comunidad, mientras compartía el pan, habló no de hongos, sino del "hilo de la memoria" que tejen las plantas del desierto y ciertos líquenes que crecen en las rocas sagradas. Para él, eran la "primera escritura", un registro vivo y lento que precede y supera a cualquier pintura. No era un camino de trance, sino de continuidad. El conocimiento no era un río que fluía, sino una raíz que persistía bajo la tierra más seca, esperando la lluvia ocasional de la comprensión.

 

En Qinghai, China, un encuentro fortuito con un anciano local, cuyo conocimiento me fue transmitido a través del intérprete durante una expedición, me reveló otro uso. Él describía el uso de ciertos hongos de la meseta no como un enteógeno, sino como una tecnología cognitiva para la supervivencia. En pequeñas dosis, servía para "seguir el rastro del viento" o "encontrar el agua escondida", afinando la percepción para leer el desierto de sal. Era un pragmatismo sagrado, una herramienta para navegar la realidad. En los Sundarbans de India, un pescador anciano me habló del hongo como "el aliento del pantano" que "come la madera lenta, pero come. Como el tiempo". Allí, la lección fue de humildad ante la entropía, el reconocimiento de la fragilidad. Finalmente, en las tierras altas de Bolivia, mientras acompañaba a un equipo que documentaba pictografías cerca del Nevado Sajama, un investigador local aymara, hombre de doble formación académica y comunitaria, me dio la clave de la síntesis. Al señalar un conjunto de espirales y puntos en una roca, dijo: "Para nuestra gente, estos son los ojos del cerro, los sitios donde la tierra mira. Pero mirando con los dos ojos, el del abuelo y el del científico, también son el dibujo del crecimiento, como el micelio cuando se expande desde una semilla". En él vi al verdadero puente cultural, la encarnación viviente de que el símbolo ancestral y la comprensión ecológica moderna no se contradicen, sino que se iluminan mutuamente, revelando una sabiduría atemporal sobre la red de la vida.

 

Estos encuentros cerraron el círculo. Dejé de ser un mero observador para convertirme en un nodo más en la red que estudiaba, conectando historias vivas con las huellas del pasado. La empatía radical se volvió entonces concreta y polifónica, capaz de abarcar lo sacramental, lo práctico, lo temeroso y lo científico en el diálogo eterno entre el humano y el hongo.

 

La Geometría del Acecho: Una Vida Entre Felinos

Si el viaje fue el marco y la filosofía el lienzo, los felinos fueron, sin duda, los trazos de tinta china que dieron sentido a todo el dibujo. No fueron un mero interés zoológico, un capricho de coleccionista de especies. Fueron mis maestros de geografía, mis guías hacia la soledad más profunda y, en última instancia, mis espejos más implacables. Ver un felino en su estado salvaje nunca es un simple avistamiento; es una ceremonia de iniciación en un orden de realidad distinto. A lo largo de cuatro continentes, desde las planicies abrasadoras hasta los riscos helados, mi vida se configuró alrededor del acecho, la espera y el fugaz, sublime instante del encuentro. Ellos, los depredadores supremos, me enseñaron las lecciones más esenciales: sobre la paciencia, sobre la economía del movimiento, sobre la belleza letal y sobre el silencio que habla más fuerte que cualquier grito.

 

Mi fascinación no comenzó con el rugido del león, sino con un susurro. Y ese susurro tuvo acento peninsular. Fue el lince ibérico el que me enganchó para siempre, el que plantó la semilla de esta búsqueda de por vida. No fue en una selva exótica, sino en las ásperas y bellas dehesas de Sierra Morena, bajo un cielo de un azul invernal despejado y frío. Había pasado tres días enteros tras un rumor, una sombra vista por un pastor. El frío calaba los huesos, la paciencia se filtraba entre los alcornoques. Y entonces, casi al abandonar la esperanza al cuarto amanecer, sucedió. No fue un avistamiento espectacular, sino íntimo. Una figura compacta y poderosa, de pelaje más manchado y rojizo de lo que esperaba, emergió de un matorral de jara a no más de treinta metros. Se detuvo, de perfil. Sus característicos pinceles negros en las orejas se erguieron como antenas. Y luego, giró la cabeza. Sus ojos, de un ámbar intenso y profundo, me atravesaron. No fue una mirada de miedo, ni de desafío. Fue una mirada de reconocimiento total. En ella había una antigua inteligencia, una serena consciencia de ser el amo último de ese monte. Se sostuvo por dos, quizás tres segundos que fueron una eternidad. Luego, con una elegancia absoluta, dio media vuelta y se fundió en el matorral sin un solo crujido, sin una sola hoja movida fuera de lugar. Desapareció como si nunca hubiera estado allí.

 

Aquella eficiencia absoluta, esa capacidad de ser y no ser, de materializarse y evaporarse, fue un choque existencial. No era el felino más grande, sino el primero y el más preciso, el que trazó en mí el patrón de toda búsqueda futura, pero en su mirada y en su desaparición contenía la esencia de todo lo que vendría después: el misterio, la paciencia, la recompensa sublime de la espera. Fue la primera lección, la más importante. Desde entonces, la búsqueda se volvió obsesiva y se expandió. Perseguí a sus primos lejanos: al lince boreal, un fantasma gris entre los abetos de los Cárpatos; al lince canadiense en las tundras de Alaska, cuyas enormes patas eran la única respuesta posible al mundo congelado; y al lince rojo en los cañones de Arizona, una sombra cobriza del crepúsculo. Pero siempre, el primero, el que abrió la puerta, fue el lince ibérico, el fantasma de la dehesa. En todos ellos aprendí que la esencia del felino no es la fuerza bruta, sino la especialización extrema. Son la respuesta perfecta, evolucionada durante milenios, a un problema concreto de supervivencia. Mi libertarismo veía en ellos al individuo supremo, autosuficiente y perfectamente adaptado a su nicho sin concesiones. Mi taoísmo veía la encarnación del wu wei: no malgastar un ápice de energía, moverse solo cuando es necesario, fundirse con el entorno hasta desaparecer.

 

Pero si el lince era el susurro, el leopardo fue la poesía ambigua. Lo encontré en todos sus estados. En el Parque Nacional de Yala, en Sri Lanka, lo vi beber con indolencia en una charca, su pelaje un mosaico de sol y sombra sobre la piel. En el Parque Nacional Kruger, fui testigo de un acto de cópula que nada tuvo que ver con la ternura y todo con la potencia del instinto. Fue en pleno día, en el claro formado por la base de un árbol espinoso de baja altura. La pareja se unió con un gruñido ronco, un forcejeo breve y violentamente bello. Solo había romance, el más puro y urgente, escrito en el lenguaje mismo de la biología. La luz cruda del mediodía no suavizaba nada; al contrario, acentuaba cada músculo en tensión, cada movimiento preciso. Fue una de las escenas más eróticas y, a la vez, más ajenas a lo humano que he presenciado. La energía que desprendían era tangible, eléctrica, un cortocircuito de instinto bajo la claridad absoluta. Y luego, en la India central, lo vi cazar. Un descenso desde la rama de un árbol como un rayo oscuro, tan rápido que el antílope ni siquiera tuvo tiempo de alarmarse. El leopardo es el maestro de la improvisación dentro del plan. Tiene una estrategia—la emboscada desde las alturas—pero adapta cada movimiento al segundo, al centímetro. Es el felino urbano, el que sobrevive a las puertas de las grandes ciudades, el que negocia su espacio con los humanos. De él aprendí que la elegancia puede ser mortífera y que la adaptabilidad es la mayor fuerza. Su éxito no radica en ser el más fuerte, sino en ser el más inteligente, el más capaz de leer un paisaje y aprovechar cada grieta. En mi propio nomadismo, en mi capacidad para sobrevivir con poco y moverme entre culturas, vi un pálido reflejo de su genio adaptable.

 

La prueba suprema de la paciencia, sin embargo, llevaba un manto de nieve. El leopardo de las nieves no se encuentra; se concede. Lo busqué, primero en las montañas de Ladakh, en la India, y luego en las mesetas desoladas del Tíbet chino. Son paisajes que no perdonan, donde el aire escasea y la belleza es tan vasta que anula. Pasé semanas a 4.500 metros, los ojos escrutando laderas imposibles a través del telescopio, congelado hasta los huesos. La recompensa, cuando llegó, fue doble. En el Tíbet, el fantasma y su acompañante cruzaron una ladera de pedregal a centenares de metros de distancia. Eran puntos grises que se movían con una fluidez hipnótica, la cola inmensa del primero balanceándose como un contrapeso perfecto. Pero el momento de gracia absoluta fue en el Himalaya indio, donde di con una hembra y sus dos cachorros jugueteando en un promontorio rocoso al amanecer. La escena tenía una cualidad doméstica surrealista: la madre, vigilante y serena, observaba a las crías que, en la quietud helada, comenzaban a desperezarse y a levantarse con esa torpeza solemne y adorable de todos los cachorros del mundo, pero en un escenario de cimas eternas. En ese instante, el fantasma se hizo tangible, vulnerable, familiar. El leopardo de las nieves dejó de ser un trofeo mitológico para convertirse en una madre en un hogar de roca y hielo. Esta fue la lección más profunda: incluso el más elusivo de los seres, el símbolo de la soledad absoluta, tiene un corazón que late por otros. Mi paciencia taoísta, cultivada durante años de esperas, encontró su justificación perfecta en aquel amanecer helado.

 

El jaguar me enseñó otra gramática. La del peso, la presencia y la oscuridad. Lo vi por primera vez en las riveras del río Madidi, en la selva boliviana, emergiendo de la espesura para beber. Era un bloque de músculo compacto, una fuerza tectónica con piel de rosetas. Su andar era pura autoridad; no miraba a los lados, poseía el espacio que pisaba. Pero el encuentro más revelador fue en las profundidades del Chaco boliviano. Tras días de rastreo infructuoso, guiado por un rastreador tacana cuya visión parecía rayos X, encontramos huellas frescas que nos llevaron a una ceiba gigante. Y allí, en un claro de luz verde, estaba él: un jaguar melánico, una pantera negra. No era un color distinto; era la esencia misma del jaguar llevada a su expresión más pura. La luz se deslizaba sobre su pelaje como sobre aceite, revelando, solo en ciertos ángulos, el patrón de rosetas fantasma bajo el ébano. Era la sombra hecha carne, el corazón oscuro de la selva. Su mirada me sostuvo por unos segundos eternos. No había miedo en ella, ni agresión; era una evaluación total, un reconocimiento de que yo también era parte del paisaje, un elemento extraño pero presente. El jaguar, y en especial el negro, es el señor de la oscuridad fértil. Representa lo que no se ve, los secretos de la selva, el poder que reside en las profundidades. Para mi visión taoísta, era la perfecta encarnación del Yin: lo receptivo, lo oscuro, lo húmedo, el principio de la tierra. No huía ni atacaba; simplemente era, y su sola existencia imponía un orden.

 

En Bolivia, mientras visitaba la región de Santa Cruz, me llegaron rumores persistentes de un jaguar negro que los locales llamaban "el espíritu del monte seco". Durante semanas, en los intervalos de mi trabajo principal, dediqué mis tardes libres a explorar los bosques secos chiquitanos, más por el ritual de la búsqueda que por una esperanza real. Nunca lo vi. Pero esa espera, paralela a mi labor técnica, fue igual de formativa. Aprendí que la búsqueda de lo sublime a menudo se entrelaza con las tareas cotidianas, y que el anhelo, la tensión hacia un encuentro que no se consuma, puede ser tan revelador como el encuentro mismo. El "fantasma de los llanos" se definió por su ausencia, enseñándome que algunas presencias se configuran mejor en el territorio de la leyenda y el deseo, y que el misterio, a veces, es un don más valioso que la claridad.

 

El puma, por contraste, es el filósofo solitario de las selvas. Lo encontré en las tierras bajas de Venezuela, recortado contra el dosel verde y húmedo. Mientras el jaguar es peso y presencia, el puma es línea y sigilo en la penumbra. Es el asceta, el que elige la profundidad y las distancias enormes entre los árboles. Su grito, que tuve la suerte (y el sobresalto) de escuchar una noche, no es un rugido, sino un lamento agudo y penetrante que congela la sangre. Es el sonido de la soledad absoluta. El puma no necesita demostrar nada a nadie. Su reino es la horizontalidad intrincada y el silencio. En él, vi reflejada mi propia necesidad de espacios donde perderme y de una autonomía sin testigos. Es el felino que mejor encarna el viaje interior, la búsqueda que no requiere de auditorio.

 

Y luego está el tigre. El tigre es el acontecimiento, y a veces, la amenaza que redefine los límites. Lo encontré en los Sundarbans, pero no en una escena idílica de pesca. Lo vi desde una frágil embarcación indígena, al atardecer, cuando las sombras del manglar se alargan. Él emergió de un canal lateral, su cuerpo anaranjado y negro no era una antorcha, sino un misil que se deslizaba hacia nosotros. No buscaba peces. Sus ojos, fijos en la barca, evaluaban una posibilidad distinta. Se detuvo a pocos metros, clavando sus patas en el fango negro. El agua chapoteó con un sonido denso. No hubo zarpada magistral, solo una tensión eléctrica y absoluta. El tigre no ejecutaba una sentencia; negociaba su territorio, recordándonos con su sola presencia quién dictaba las reglas en ese laberinto de raíces y agua salada. Verlo fue sentir el peso ancestral del miedo y el respeto. Es un superviviente de una época en la que los gigantes caminaban por la tierra, y su lucha no es solo por la vida, sino por la primacía. Su mirada no evalúa; impone. En ella no hay lugar para lo secundario, ni siquiera para la inocencia de un observador.

                                      

De las dos panteras nebulosas que existen en el mundo, la continental, la de los bosques de la Malasia peninsular, se me ha resistido. La que conocí, la de Borneo, es un fantasma de otro mundo, un animal de isla. Así que guardo a su única pariente en el continente, deliberadamente, como el último gran reto. El viaje no puede terminar mientras haya un fantasma al que rendirle pleitesía.

 

¿Qué han significado, pues, todos ellos en conjunto? No son trofeos. Son los arquetipos de mi propia vida. El lince me enseñó la eficiencia y la discreción. El leopardo, la adaptabilidad y la intensidad del instante. El leopardo de las nieves, la paciencia y la revelación de la vulnerabilidad en la fortaleza. El jaguar, el poder de lo oscuro y profundo. El puma, el valor de la soledad elegida. El tigre, la majestad de un orden natural que se desvanece. En sus miradas he visto reflejada mi propia animalidad: mi deseo de libertad, mi necesidad de espacios vastos, mi aceptación de la soledad como compañera, y mi entendimiento de que soy, al fin y al cabo, un depredador de experiencias, un cazador de instantes puros en el gran campo de la existencia.

 

Ellos son la razón por la que mi mapa está lleno de marcas. Son la justificación de todas las esperas, de todos los fríos, de todas las soledades. Y al final, comprendo que no los he estado buscando a ellos, sino a través de ellos. Buscaba, en su perfección salvaje, un reflejo de alguna verdad interior indómita. Y en cada avistamiento, en cada cruce de miradas a través de la distancia, he recibido un fragmento de esa verdad: somos, todos, parte de un mismo flujo, de un mismo y antiguo acecho bajo el sol y las estrellas. La geometría de sus movimientos es la geometría del mundo mismo, y haber sido un testigo humilde de ello ha sido el privilegio definitivo de mi vida.

 

El último viaje, aún por escribir

Y así se llega al ahora, a las puertas del 2026. El cuerpo es un mapa de pequeñas marcas: la rodilla que cruje recuerda un descenso, el hombro que se resiente habla de un nado antiguo. La mochila ahora es más ligera, y en ella conviven los analgésicos con la brújula.

 

Este prólogo es solo el primer paso de un camino más largo, de unas treinta o cuarenta mil palabras, que quieren recorrer cada uno de esos reinos felinos: las sabanas, las selvas, las montañas heladas. Pero no será un manual de fauna. Será un intento de trazar el mapa interior que cada encuentro—con un leopardo, con un tigre, con un paisaje, con un símbolo en la roca o con una mirada sabia—dibujó en mí. De cómo el rastro del lince en la nieve canadiense hablaba también del rastro de los pensamientos; de cómo la mirada del león asiático, último en un bosque que se reduce, era un espejo de toda fragilidad; de cómo la pantera nebulosa de Borneo, ese fantasma entre las lianas, se volvió la imagen perfecta de las verdades que solo se intuían; y de cómo un hongo, pintado o vivo, me enseñó que la memoria y la transformación son las dos caras de una misma moneda.

 

El “último viaje, aún por escribir” del que hablo no está en ningún atlas. Es el viaje que empiezo hoy: el de sentarme, con la memoria llena de imágenes y sensaciones—de rugidos y susurros, de pinturas desvaídas y miradas vivas—y tratar de hilarlas con palabras. De convertir la experiencia en relato, y el relato en un puente. Quizás, en algo que le recuerde a otro que es posible vivir con esa doble aspiración: la de ser completamente libre, y la de sentirse completamente parte del todo. La de ser, al mismo tiempo, un nómada sin amo y un taoísta sin templo. La de encontrar, en la inmensidad cambiante del mundo, desde las sabanas doradas hasta las redes de micelio bajo el suelo, el propio y modesto lugar en la trama infinita de la vida.

 

Esto es solo el comienzo. La senda está ahí, esperando.......

 

 

 

                                         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Julio del 2026 en la India – Diario de un viaje a mis origenes

 

 El agotamiento y el cansancio del viaje, sumados al estrés y la sensación de estreñimiento que me producen mis cortas relaciones con las autoridades aduaneras de los países que he visitado, lograron que cayese en el sopor del estafado. Una especie de embriagador placer que suda el estafador y que deja a su víctima a su merced; Sin duda, es algo parecido a la mirada del felino que paraliza a su presa, que podría de otra manera trazar su línea de escape. Pero esa noche, en el aeropuerto de Delhi, el calor húmedo del monzón se adhería a la piel como una segunda membrana, y el olor a especias, diésel y sudor ajeno me tocaba con la contundencia de un muro invisible. Llevaba treinta horas sin dormir, y mis párpados pesaban como losas de plomo. Cada paso hacia la salida era un acto de voluntad, un pequeño triunfo sobre el deseo de dejarme caer en cualquier rincón y cerrar los ojos. Sabía que era el blanco perfecto: la víctima ideal que cualquier depredador urbano detecta a cien metros. Y sin embargo, en algún lugar de mi conciencia aturdida, una voz susurraba que quizás aquella rendición tenía un extraño placer, la entrega al devenir, a dejarse llevar por la corriente de lo inesperado y aprender algo nuevo.

 

El estafador —hábil taxista de metrópolis— puso en marcha su plan: me entregó su móvil en esos momentos convertidos en pantalla de televisión, haciendo ver que el hotel de mi reserva estaba en medio de las protestas de una turba de sindicalistas sin Dios, acarreando —aclarando, más bien— que la honrada ciudadanía había decidido cerrar sus casas y negocios mientras las autoridades policiales se preparaban para una nueva jornada de desmanes y saqueos que recorrían el centro urbano. Las imágenes eran borrosas, pero suficientes para sembrar la alarma en mi mente exhausta. La pantalla parpadeaba con la luz mortecina de las farolas, y las sombras de los manifestantes se alargaban como fantasmas en el asfalto mojado. Punto por arte de magia —apenas un minuto después— nos encontramos ante un cartel que anunciaba, con tipografía oficial, una oficina del "Ministerio Indio de Turismo". Allí, un hombre de sonrisa fácil y bigote tupido nos ofreció, con la típica charla delante de un té humeante, todo tipo de ayuda para resolver nuestra atribulada situación. El té era dulce y especiado, casi empalagoso, y su aroma a cardamomo y jengibre me envolvió como una promesa de consuelo. Por supuesto, el cartel y la oficina en verdad eran un negocio: nos encontrábamos ante el típico vendedor de paquetes turísticos con licencia oficial —o sin ella—, pero no adelantemos conclusiones y volvamos a los hechos.

 

El supuesto oficial turístico me puso al teléfono con el recepcionista de mi hotel; Este me manifestó su preocupación por no haberme podido contactar y anular mi reserva. Hasta ahí todo les iba bien, a la perfección. Con mi cansancio expresado en el rostro —ojeras violáceas, mirada vidriosa, mandíbula tensa—, y tras preguntarme el presupuesto de mi noche en el hotel de la capital —forma obvia de calcular mi poder adquisitivo—, el falso funcionario comenzó a indagar a mi acompañante sobre nuestros gustos, intenciones y planes en los inmediatos días. Su tono era insinuante, casi paternal, y sus dedos jugueteaban con un bolígrafo mientras tomaba notas en una libreta raída. Pronto me mostró su verdadera cara y su nivel: que no era más que el de un pobre comercial de viajes, obligado a toda aquella farsa para conseguir el exiguo pan de su familia. Me ofrecío un pequeño paquete turístico de mala calidad —un recorrido exprés por el triángulo dorado, con hoteles de tercera y guías improvisados— que yo podía haber conseguido realizar por un 30 o un 40% menos de lo que él me estaba poniendo delante. Pero mi cabeza no funcionaba; la fatiga había secuestrado mi capacidad de cálculo y mi instinto de supervivencia. Le entregué mi tarjeta de crédito sin apenas mirar la oferta, y en cuestión de minutos salimos de la mano de otro taxista hacia la ciudad de Jaipur. El coche, un viejo Ambassador de color amarillo y olor a naftalina, se abrió paso entre el tráfico caótico de Delhi, y las bocinas sonaban como una sinfonía desafinada que me taladraba las sienes.

 

En todo el recorrido no se separó de mi cuerpo la sensación de ser un euro con patas. Es difícil, con tanta miseria como te rodea, no sentirte así: calles y edificios con aspecto ruinoso, niñas mendigando con bebés en brazos, hombres orinando en las aceras, y sobre todos restos de basura que amenazan con sepultar cualquier intento de urbanidad. Montañas de desechos orgánicos, plásticos, vidrios rotos y cartones humedecidos se acumulaban en los márgenes de la carretera, y el olor acre de la descomposición se filtraba por las rendijas de las ventanillas. Y sin embargo, en medio de aquel caos, emergían de vez en cuando escaparates que dividían el mundo: en el exterior, pobreza y desorden; en el interior, lujo y opulencia, elaborando platerías y telas jactanciosas que evocan palacios y tiempos pasados ​​de marajás. No veo espiritualidad ni compasión en esa fachada de vidrio y acero inoxidable. Solo ostentación, que disfraza en destellos de plata y brillo de seda cachemir la total deshumanización de la propiedad opulenta.

 Esta es la primera India que me acompaña, la que se graba en la retina con la fuerza de un grabado: la estampa del viejo artesano que, sentada en el suelo, montaba diminutas piedras en el collar de hebras plateadas, ajeno al tiempo que le había tocado vivir. Arte milenario que llenaba de sentido el sentimiento de la cotidianidad. No buscaba la obra final que sus manos labraban, sino más bien el dar sentido a su elaboración a través de su quehacer. El resultado cirugía de la destreza adquirida como tránsito de las horas acumuladas en aquel banco fijo improvisado, en escasas herramientas, y más aún en aquellas gafas donde guardaba la juventud de sus ojos. El Fuerte de Jaipur se entreveía con las luces del atardecer entrando por la pequeña ventanita que iluminaba el puesto de trabajo del artesano. Más allá, las murallas de color rosa cobraban vida bajo el sol poniente, y las cúpulas de los palacios se recortaban contra el cielo como sueños de otro siglo.

 


¿Tendría razón Bakunin al denunciar que las estructuras del poder eran herramientas de la clase social que vivían de la posesión de la plusvalía de quien realmente las creaba? Sin duda, la fotografía a la que asistía era un compendio —nada caricaturesco— de la teoría del pensador ruso. Salí del taller guiado por el propietario, que se jactaba de la reproducción de las grandes firmas joyeras que producía —en este caso italianas— que sus artesanos realizaban a la mitad del valor de mercado. Curiosa clase social, la del comerciante, que veía diferente la apropiación del trabajo ajeno cuando la ponía en práctica él, que cuando la ejercía el verdadero productor, bien fuese artesano o minero. No interesándome el lujo ni la joyería, ya había perdido bastante tiempo en aquel lugar que solo me inducían al cometimiento del acto de apoderamiento más odioso para el propietario: sustraer y largarme con parte de lo que mostraba ante mis ojos. Pero la tentación era solo un impulso fugaz, un destello de rebeldía que se apagó tan pronto como había nacido. Mi guerra no era contra aquel hombre de sonrisa aceitosa y traje arrugado, sino contra todo un sistema que reducía la vida a transacción.

 

Finalmente, unas horas más tarde, me encontré en las escaleras de un viejo tren de aquellos que llamábamos "borregueros" en la tan parecida España tardofranquista de mi juventud. Aquí abandonaba la organización turística de mi viaje para adentrarme en los lugares que quería conocer, y allí me atraía el silbido potente de la máquina. El vagón era un museo ambulante de la ingeniería colonial: asientos de madera gastada, ventiladores de techo que giraban con un zumbido perezoso, y una capa de polvo que se había posado sobre cada superficie como una pátina de olvido. Fue la visión del tren desplazándose por largas vías lo que me hizo cambiar de pensamiento: al igual que las ruedas se desplazaban sobre sus raíles —que parecían ir y venir desde las lejanas líneas de horizonte en sentido espacial—, mi cuerpo se desplazaba en el espacio hacia un punto llamado Rakhigarhi, y mi mente retrocedía hacia un punto en el tiempo en una zona indeterminada entre el 7000 y el 1900 antes de Cristo. ¿Qué hay en ese sitio que me atrae? El primer hogar de la humanidad conocido, me respondía una voz interior. Pero no quería mirar con los ojos científicos del tipo que sea —ni arqueológico, ni antropológico, ni ecológico—; no lo soy ni lo he querido ser nunca. Mi intención es sentarme y mirar, dialogar con el pasado sin complejos ni ataduras, como se hacía antes del especialista. Una mirada al pasado sin complejos, pero valorando las diferentes contribuciones, aunque oyendo las que dan sentido a lo observado. Para contextualizar: estamos en el valle del Indo; las culturas ancestrales del mismo, entre las actuales India y Pakistán, la llamada cultura Harappa. El motivo por el que elegí este extraño destino —sin desarrollar todavía turísticamente— fue, en primer lugar; en los recuerdos de mi infancia me fascinaban las clases de doña Conchita, mi primera profesora de historia, y el primer sentimiento de enamoramiento real que sufrí sobre los que en aquella época eran considerados orígenes de la historia: Mesopotamia, con sus ciudades estado en Ur y Sumer. Para mí el comienzo de todo lo que consideraba importante: la escritura, las matemáticas, las herramientas, los códigos de conducta. En segundo lugar, y al tránsito de los años, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que habían culturas tanto más antiguas, que estas —en las que comenzó la escritura y demás cosas que antes mencioné—, junto con el desarrollo de la urbanización, merecían una visita que no fuera la del turista apresurado, sino la del peregrino de la memoria.

 

Concepto de urbanización del cual siempre he sentido rechazo, pues soy espíritu rural, no urbano —salvaje, más bien—; lo rural y lo urbano van unidos en su contraposición de lo colectivo en dicotomía. Pero anterior a ello existe un enfrentamiento entre individuo y colectivo. Creo infinitamente estúpido sintiéndose ajeno a lo otro, que uno puede llegar a ser algo más allá que un revoltijo de materia sin la participación de la otredad. Pero vivir creyendo que solo puede vivirse en lo colectivo es cerrar la puerta a la individualidad como afirmación; el que no participa de la organización dicotómica de la sociedad actual tiene el derecho de la soledad como desarrollo, siempre puede optar por el principio de negar cierto grado en el devenir salvaje. ¿Acaso no es la soledad el último refugio del que no se doblega? ¿No es el salvaje, en su aislamiento, el único que puede mirar de frente a la inmensidad sin pedir permiso? Yo he elegido ese camino, el de la periferia, el del que observa desde la grieta. Y ese viaje a Rakhigarhi era, en el fondo, una huida hacia el centro de aquello que siempre me había negado y fascinado.

 

Nos queda en tercer lugar: el derecho voluntario a la alteración de la percepción. Ha sido utilizado por comunidades primigenias, tribus y colectividades artísticas de todas las épocas, y en ciertos grupos de la etnografía bastante denostados, como método de acercamiento a realidades perceptivas de las comunidades estudiadas. Y por mí, como forma de adquisición de conocimiento imaginario sobre verdades que surgen de la interacción entre el medio, lo adquirido como conocimiento anterior, y el surgimiento de la externalización de nuestra psique. ¿Qué es la conciencia sino un diálogo constante entre el mundo y nosotros? ¿Y qué mejor modo de amplificar ese diálogo que recurriendo a los mismos aliados que nuestros antepasados ​​emplearon en sus rituales? Sabía que mi visita a aquel yacimiento requería un estado de apertura que la razón, por sí sola, no podía concederme.

 

 Llevé hasta mi visita a Rakhigarhi mis dos ejemplares de productos preferidos: el Psilocybe mairei y el solano —un alcaloide de la familia de las solanáceas, que en dosis controladas abre las compuertas de la percepción—, con el fin de elaborar la centenaria receta bereber que aprendí del camellero argelino en el Firt mohlus. Habían pasado seis meses desde mi última cosecha; los hongos estaban en estado de desecación absoluta, y el viaje en la mochila los había pulverizado casi completamente. Eso los haría fácil de macerar con el solano y una cucharadita de hidromiel, que guardaba en una pequeña cantimplora de cuero. La ansiedad llegó a su fin cuando finalmente pude sentarme en las puertas vacías del montículo número tres, a la sombra de un viejo muro de tierra —y es que a aquellos apenas se les podía llamar sombra, tan raquítica era la franja de oscuridad que proyectaban—; los muros de tierra maciza, pronto comenzaron a tomar color, como si la luz del atardecer se hubiera filtrado en su interior. Había instalaciones de antiguos hornos que aún conservaban los ladrillos cocidos de color rojizo, y apoyé mi espalda contra el tronco de un viejo cedro, sintiendo la rugosidad de la corteza bajo mis omóplatos.

 

Y apenas percibí, en el traslado del muro al tronco, cómo aquel laberinto de tapiales y restos de trinchera que me afanaba en ordenar dejaban de ser tal, para a continuación, con un ejercicio de imaginación, adquirir una techumbre; las calles con sus canales de ladrillo pardo y los muros, bloques de ladrillo con relleno de tierra compactada. Era curioso ver enterramientos prácticamente a unos pocos metros de las entradas de los aposentos, sin ningún tipo de distinción: eran una trinchera en el nivel del suelo donde el ojo del operario arqueológico era capaz de distinguir la simpleza y la rusticidad. No había grandes estelas ni ofrendas suntuosas; solo la tierra, el ladrillo y el silencio. Fui paseando hasta otro montículo numerado como número siete. Busqué otra sombra, y en este tomé mi elaborado brebaje mientras ojeaba unas trincheras de trabajo que habían dejado a la luz lo que evidentemente era la necrópolis. Se amontonaban una treintena de tumbas de las que hacía tiempo sus moradores habían sido sumados; la mayoría tenían la misma orientación —este-oeste—, y casi ninguna pasaba de ser una excavación sin más; las menos disponían de un muro hecho del mismo ladrillo cocido que antes había visto en los muros de sus viviendas, y nunca enmarcaban la figura de un cuerpo, solamente eran medias lunas que difícilmente rodearían la cabeza y los hombros de un humano. Me encontraba en medio de varios de estos cuando comencé a oír la risa de varios jóvenes que, en la distancia y con la bruma de la mañana en pleno monzón, no adivinaba de dónde habían aparecido. Todas vestían un sari que debía de ser distintivo de su comunidad —quizás el de alguna casta o gremio perdido en la memoria—; casi todas llevaban collares de conchas anacaradas, salvo una que lucía un elaborado collar de cuentas de vivos colores rojos y blancos, que centelleaban con una luz propia.

 






Algo en su rostro y silueta la destacó sobre los demás. Intentó recordar varias veces su figura, pero se borra, como un sueño al despertar. Me sedujo rápidamente su mirada de grandes y blancos globos oculares con pupilas que competían con el azabache en negrura y profundidad. Anhelaba comunicarme con ella, y mientras mi pensamiento cabalgaba, ni siquiera llegué a ver desaparecer a sus acompañantes. Qué extraño: una mujer elegante en la India dirigía sus pasos y su mirada en mi dirección. Por primera vez deseaba que mi odioso dominio del inglés no me convirtiese en un patán. Ese rostro me cautivaba, y sus andares eran casi celestiales; ante todo, su cuidado collar de cuentas rojas y blancas que iluminaban su delicada forma de acercarse a mí. Para cuando estuvo a mi lado, de alguna forma habían desaparecido mis miedos y mi torpeza, y preguntándome qué buscaba en su viejo poblado, perdí toda la inseguridad en la capacidad de comunicarme con ella. Me dijo su nombre —algo corto, quizás de dos sílabas, como "Mira" o "Sita"— y casi al instante lo olvidé —maldigo, mi terca capacidad para recordar los nombres ajenos—. Me contó que había nacido en aquel lugar y que había salido únicamente en un par de ocasiones para acompañar hasta lejanas ciudades para negociar. Se notaba por su tono que estaba orgullosa de su pequeño lugar en aquella planicie desértica. Conforme la conversación iba desarrollándose, fui adquiriendo la certeza de que no me hallaba ante una mujer a la que fuese fácil engañar ni manejar; más bien, pronto fue ganando la sensación de ser ella la que me conducía de la mano por los senderos que entretejía constantemente con sus argumentos e ideas. Pregunté cómo sabía tanto de aquella excavación y dónde había adquirido el conocimiento sobre aquella vieja civilización anterior a los tiempos védicos. Su sonrisa regateaba las respuestas, y sus labios me susurraron: "Surge de mi amor por lo que soy y por lo que fui".

 

Contrariado por la respuesta, le espeté: "Tu forma de vestir, de andar y de expresarte me son desconocidos. Las Indias que he conocido hasta ahora son dependientes de sus hombres. ¿Es que acaso en vuestros recintos privados... os formáis sobre estas cuestiones?" Alzó su mirada con una profundidad, como si por fin comprendiese lo perdido que me hallaba, y dirigiéndose a mis oídos comenzó a esclarecer mi razón: "Soy hija de una cultura más antigua que la védica. Crecí en la cuna sin castas, donde valoramos a la gente por los logros de esta vida y les despedimos con los méritos y dones que nos depositaron en ella. Dices que has venido a visitar mi ciudad, has recorrido calles y apenas has podido darte cuenta de que disponen de alcantarillado y recogida de sobras en todo su entramado. No hay diferenciado templo ni palacios que den sentido de esplendor o dominio de uno sobre otros; recorres nuestras casas y ni siquiera te fijas que iguales son en distribución, espacio y ornamentación. Cuando te descubrí ahí tumbado, no viste la animada conversación que traía con el grupo de vecinos y vecinos que me acompañaban de lo muy necesario que es nuestra colaboración, hace unas lunas la colectividad se reunió para obsequiar mi trabajo de recopilación de conocimiento sobre plantas medicinales con este bonito collar de cuentas rojas y blancas. Para nosotros el rojo es la vida y las plantas son la base de nuestras vidas, y en el blanco vemos la necesidad del saber. Hemos aprendido cómo cultivarlas, cómo cuidarlas y cómo cuidar su soporte: el agua y la tierra. Hoy en día es tema de preocupación los cielos y los ríos que siempre fueron generosos con nuestros cultivos; estos campos se sembraban de maíz y otros cultivos que nadaban en el elixir de la vida. Ahora difícilmente nos dan mijo, que antes desdeñábamos en tierras marginales. Dicen los que han visto pasar muchas lunas que sus abuelos les contaron que nada hay que no se repita, y ellos les hablaron de un tiempo en el que nuestros antepasados ​​morían y marchaban de sed. Quiera el destino que libremos la escasez y la penuria. Sabes tú, que vienes de tierras desconocidas y te llamas extranjero, ¿algo que pueda ayudar al remedio de nuestros campos? Danos esa nueva noticia y sé bienvenido." Hacía rato que mi conciencia había comprendido que no era una realidad corriente la que daba conversación a mis oídos; el efecto del preparado fúngico y mi conciencia se habían unido para producir aquella hiperrealidad.

 

                                                     

 

En esos instantes llegaron a mis oídos el estruendo de carros, jinetes y camellos, junto al clamor de gente asustada. Pregunté qué era eso, de dónde venía. Mi interlocutora me tranquilizó con su sonrisa y sus suaves ademanes. "Eso que te desasosiega es para nosotros el dulce latido de corazones en la noche. Las mujeres de la ciudad hace meses que anhelan a sus compañeros desde el día que marcharon a las lejanas tierras de Ur, muy al norte. Allí nuestros ciudadanos comercian con nuestros productos elaborados y bellos trabajos de artesanía, y de allí vienen materias primas que son esenciales para continuar con nuestras labores y vidas. Ese pueblo hace tiempo que perdió su libertad; sus ciudadanos no se reúnen para decidir qué necesitarán para su común existencia. Tienen aún a un mortal al que todo obedecen como producto del miedo, y este les hace creer que está elegido por algo que llaman Dios, y al que edifican superficies que bien pudieran servir para albergar a cientos de los que malviven en las sucias calles, rodeados por aguas sucias y excrementos propios y de bestia. Ese mismo que se hace llamar dueño de todo lo que en su ciudad se produce no se apiada de sus poseídos y gasta gran parte de aquello que les trae en comprarnos bienes de nuestra elaboración, que erradamente alguno de sus más íntimos logra llegar a poseer si es del gusto e interés del primero. Una vez acompañé hasta esas lejanas tierras, y por más que pensé e intenté encontrar los motivos para convivir en compañía de tal tipo de persona, solo logré un calificativo para este tipo de existencia, y era el de la servidumbre voluntaria. Como puede ver, en nuestra ciudad la higiene es cuestión de convivencia; hace tiempo que nos dijeron que cuando las epidemias recorren nuestras calles no distinguen entre afortunados y desprovistos, jóvenes y ancianos. Por ello nuestras viviendas se hacen con lugares para los vertidos, con separación de agua en alcantarillado, y no gastamos esfuerzos en la construcción de grandes templos y palacios; creemos en la eternidad de nuestros espíritus y en la igualdad de nuestro destino final, pero no gastamos trabajo comunal en dar espléndido rito funerario a un cuerpo que se descompone rápidamente cuando no lo habitamos." Sus palabras caían como semillas en tierra fértil, y yo las recogía una a una, tratando de abarcar la inmensidad de su sabiduría. Me hablaba de una civilización que había resuelto el problema de la convivencia sin necesidad de dioses ni reyes, sin castas ni privilegios, donde el trabajo era celebración y la muerte, simple tránsito.

 

Reflexionando en todo lo que me dijo, apenas me despedí cuando se puso en pie: "Tengo que dejarte, extranjero; el día es corto para tantas cosas como quiero hacer, y aunque lo pasé bien hablando contigo del amor a mi gente, no oí de tu boca palabras que aumenten mis ansias de saber aquello que te inquirí y que nos causa desasosiego. Quedó sin respuesta; no me demores, y creo que tú debes de hacer lo mismo", me dijo mientras su ágil y esbelta figura se ponía en marcha. Apenas me dio tiempo a despedirla cuando, como sus antiguos acompañantes, su figura desapareció en una bruma que me hizo caer en sopor hasta bien entrada la noche. Desperté confuso de mi duermevela; comprendía que nadie había estado conmigo en aquel lugar, pero era una presencia que todavía dejaba su compañía en mi ánimo. Me levanté con el peso de una ausencia que no sabía nombrar, y mientras el sol se ponía tras los montículos de Rakhigarhi, supe que aquella conversación —real o alucinada— había dejado una huella más profunda que cualquier guía turística o manual de historia. Ella me había mostrado otra India, la que no figura en los folletos, la que sobrevive en la memoria de los que aún recuerdan que hubo un tiempo sin reyes ni dioses, donde la tierra era de todos y el agua, un bien común. Y yo, que había llegado como un turista estafado, me iba como un hombre cuestionado, con la certeza de que el viaje verdadero no es el que se hace en el mapa, sino el que se emprende hacia lo que no sabemos que llevamos dentro.

 

Despertado de mi letargo, ensimismado con todo lo ocurrido, ha sido un trayecto en el tiempo del presente al pasado: de situaciones ordinarias en una de las más caóticas urbes que he visitado en mis viajes, a una prístina urbanidad en los albores de la humanidad. En la primera encuentro despropósito, corrupción y egoísmo desmedido; en la segunda, hallo intenciones y propósitos para el abandono de una forma de vivir donde desarrollar las potencialidades de la convivencia, paralela a la natural. ¿Cómo hemos podido pervertir el logro cultural y derivar en lo más parecido a la brutalidad que nos envuelve? Esa respuesta se la dejo a los estudiosos del asunto, que seguro los hay. Yo solo lo constato con la frialdad del viajero ante una taza de te con leche, y mientras la oscuridad va cayendo, emprendo mi camino hacia otras cuestiones. Hago mi mochila ligera, como corresponde a todo el que emprende nuevo camino, y finalmente me tumbo en la cama de un hotel de bajo presupuesto. De madrugada vuelvo a la estación, donde me espera otro viejo y destartalado tren que me conducirá a la sagrada ciudad de Anristar, en el Punjab. Antes de partir contemplo la estampa de un faquir hindú que me ofrece por unos instantes su silueta sentada en el andén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La iglesia que ilumina es la que arde

 

El círculo de calles que rodea el Harmandir Sahib no lo generan los edificios circundantes: lo forman, más bien, el canal rebosante de los miles de peregrinos que cada día acuden al lago interior que lo circunda. Ingresar en ese tumulto humano y dejarse llevar por él hasta el sonido emanado del Guru Granth Sahib es el gran propósito de la existencia sij. Al decidir visitar Amritsar, de forma consciente daba comienzo a la segunda visita que tenía planteada para la India. Esta iba a consistir en un camino de peregrinación por diferentes formas y visiones del sentido de lo religioso y lo espiritual. Venía de estar en las ruinas de Rakhigardi, donde la espiritualidad no se manifestaba en templos y los enterramientos no se identificaban por jerarquías eclesiásticas, y me encontraba en la capital del sijismo. Como en todo, en las ciudades sede de los cultos que he visitado en mi vida, lo primero que abordó mis sentidos fue la pobreza y la mendicidad que acompañan al ejercicio de la caridad, pues ambas son consustanciales a la felicidad del alma religiosa. Desde la más pequeña de las ermitas hasta la más grande de las edificaciones, todas tienen su ejército de pedigüeños, y todas las confesiones tienen su compasión y su caridad; ninguna mira a la realidad de la pobreza. Hay pobres porque existen ricos; la religión necesita de los dos modelos de pobreza: el pobre sin dignidad, al que socorrer con las migajas del pastel, y el pobre de espíritu, al que vender sus variopintas actas de creencias sobre la vida del más allá. La realidad, el hecho o acontecer religioso, es la peor de las calumnias contra la vida: sólo una mente agotada necesita de otra existencia después de esta para curarse de los sufrimientos que le produce no ser capaz de resistir al único tiempo que le ha sido dado existir. Mi mentor filosófico tiene un nombre: F. Nietzsche, y a él le agradezco la profunda fe en la inexistencia de una vida después de esta. Sólo un estúpido que no ha aprovechado hasta el último segundo del que dispuso puede pedir una prórroga.


                                                             


 

Perdiendo por goleada, una vez más he abandonado mis visiones para entregarme al deleite de mis conclusiones. Me encontraba dándole la vuelta al Templo Dorado y, para apartar de mi mente la idea de cómo llevarme casi los novecientos kilos de oro con los que han cubierto el edificio, preferí fijarme en esta estúpida parodia de religión indomaometana, anclada en la necesidad de existir en la Edad Media. Que en el siglo XV el avance de la media luna sobre la tierra del dharma y su odio hacia la forma múltiple de la religiosidad india eran motivo de preocupación para los habitantes de las tierras punjabíes es, para mí, el origen de esta forma de sincretismo; no me cabe la menor duda. Las llamadas religiones del libro gozan de una tolerancia cero hacia toda forma de negación del monoteísmo. Poner en duda la existencia de una única figura de lo divino es, para ese tipo de creyentes, tan execrable como negar la alucinada figura del Ser Supremo; y en este contexto no hace falta mucho consumo de estupefacientes religiosos para construir un mix de lo hindú y lo mahometano. El Akal Takht es el libro de los sonidos del universo, que cada amanecer es desplegado en el templo para ser recitado hasta el anochecer, en que es retirado a su lugar de custodia; en él sentiremos las vibraciones de los mantras hindúes, con alguna aportación budista y mahometana de la poesía coránica.

 

Pero todo este paquete nos ha conducido a una producción histórica harto irritante: una comunidad que se autodenomina a sí misma «los conocedores de la verdad», que no puede sentirse puesta en duda. Una vez más se repite el patrón del salvador que no se siente capacitado para reconocerse «humano, demasiado humano» y poner en duda que su pensamiento no es certeza, sino sentido por todos y cada uno de los humanos habidos y por haber. Como siempre, son designados unos pocos guardianes del verdadero conocimiento; estos han buscado un hábito y un sayo que les identifique, un uniforme que una vez más excluye a la mitad del género humano de su manifestación. Qué casualidad que siempre le toca a la mitad sin pene ni testosterona. Me pregunto para cuándo la hembra se verá elevada a la condición de portadora y transmisora del elevado conocimiento del ente divino. A ella le corresponde poner la transmisión genética y, como cumbre, el papel de glosadora de tal cúmulo de dones del pensamiento. Negar el genuino don para el pensamiento racional es una de las características de esa excrecencia que es el pensamiento monoteísta; la incapacidad del pensamiento divino para introducirse en la inteligencia femenina, además de ser una clara indicación de su origen, es una llamativa característica de esa bandera de demencia colectiva. Dicho de otra manera, que tal vez os ofenda más, al estilo de A. Artaud: el cuerpo femenino está capacitado para recibir el pene de Dios, pero en ausencia de sustancia.

 

No quiero seguir acumulando más sobre esta divertida comunidad de monjes con turbantes y ropajes azules, con peine de madera y navajas; y que quede claro que todo lo aquí dicho sobre este monoteísmo es para mí extensivo a la totalidad de creyentes en cualquier libro, sea del Dios que sea, de un autor que necesita ser transcrito, que necesita ser vehículo de un ser que nunca tuvo agallas para escribir de su propio cuño y letra ni una sola sílaba. Y sirva todo lo anteriormente expuesto para despedirme de la demencia con el siguiente posicionamiento: esta forma de religiosidad encuentra su origen en la intolerancia y su sentido de ser en la persecución de lo distinto. Contra ello no hay posturas éticas que no tengan por dirección la psiquiatría de sus practicantes y la demolición de sus edificios, hasta cumplir la profecía Nietzniana, hasta los cimientos, y la utilización de sus ruinas para la crianza de víboras y demás formas de seres ponzoñosos. Sin nada más que decir, abandono aquí los monoteísmos y sus lugares sagrados, sean Jerusalén, Roma, La Meca o Amritsar, para caminar camino de la fructífera tierra del dharma.

 

Para hablar ahora de las formas religiosas surgidas en el concepto del dharma, marco la siguiente premisa: la conciencia de sí mismo produce en la mayoría de los humanos sufrimiento, y el agotamiento de la vitalidad que es necesaria para el desarrollo de los valores precisos para el libre ejercicio del vigor y las habilidades para la existencia. Es necesario que aceptemos como bueno la creación de un antídoto que anestesie a los que sufren, y no me cabe la menor duda de que esas son las creencias dhármicas: el mejor conjunto de recetas para anestesiar un cuerpo y su conciencia que sufre de sí mismo demasiado.

 

En los pasados días me conduje a la ciudad sagrada para los hindúes, a las orillas del Ganges, Varanasi, y, como concatenación de una serie de circunstancias que no vienen a cuento, me vi arrastrado a un ghat de incineración, donde mi conciencia tuvo la suerte de contemplar la combustión de un cuerpo en toda su aterradora magnificencia. Las callejuelas que conducían al lugar eran un presagio del miedo que la mayoría de los seres sienten ante el último instante de conciencia. Coincidí con un cortejo funerario que avanzaba presuroso con su última adquisición: un difunto en su sudario de telas blancas, envuelto con el naranja de una guirnalda de flores. Sobre este acontecimiento rápidamente se me ocurrieron dos reflexiones. La primera, que raras son las sociedades que muestran el cuerpo sin vida tal y como es, en su desnudez, y no diferente al momento del nacimiento. En segundo lugar, la notable coincidencia en la elección del blanco y el negro, la suma y la falta absoluta de vibraciones electromagnéticas.

 

Continué mi persecución del séquito hasta las mugrientas escalinatas que conducían al lugar de la pira. Nada más terminar los escalones, contemplé un amontonamiento de cuerpos: unos, amortajados y apilados, hurtaban la visión heladora de la ausencia eterna; los otros, vivos, de rostros desencajados, para no admitir la vacía certeza de que todos, en un futuro no muy lejano, pasaríamos por las mismas circunstancias. Finalmente ocupé un lugar privilegiado en las proximidades de dos cúmulos piricos en los que en esos momentos comenzaban a arder los dos extremos radicales del existir. El más cercano, apenas a uno o dos metros, era un cuerpo envejecido por el recorrido de la vida; el más alejado, a no más de siete u ocho metros, no podía tener más de una quincena de años. Uno había dispuesto de la oportunidad de desarrollar una larga existencia; el otro apenas podía haber realizado estrategias para producir una vida con sustancia. Y ambos habían marchado al viaje del que no se recuerda.

 

Fue en estos momentos cuando el efecto de un anterior psicotrópico me hizo aislarme del contexto y, mientras mi cuerpo se mantenía anclado a la posición que tenía en el macabro espectáculo, mi conciencia alcanzó una posición intermedia entre ambas piras. En mi desplazamiento casi rocé la pierna del más anciano de los cuerpos, y mis ojos percibieron claramente cómo los pies se retorcían y el tronco giraba sobre sí mismo. Seguramente la ciencia forense achaca estos desplazamientos a un acto reflejo motor; para mí fueron un evitar el contacto con mi propio cuerpo, una clara huida de todo aquello que ya les era ajeno. Me mantuve equidistante de ambas y escuché sus voces narrar aquello que sin duda les preocupaba en sus últimos momentos antes de fundirse en lo infinito. Más tarde averiguaría que ambas me comentaban su particular ejecución de los cuatro principios del dharma. Voces entre las llamas que en un principio no supe si eran dirigidas a mí o eran la conversación entre ambos fuegos.

 

El más joven lamentaba que apenas había dispuesto de tiempo para gozar del placer en el mundo, mientras su vecino le indicaba que, aun siendo importante el placer mundanal, no era el más importante principio que un hindú tenía el deber de practicar. Hacía muchos años que gozaba de la vida en las cosas sencillas: ver el rostro de su esposa en la noche, oírla gemir, le llenaba de placer y colmaba con creces el primer mandamiento que recibí al nacer; así me lo hizo saber el dulce crepitar que las llamas ponían en mis oídos. La flor cerrada en la noche impregna en sus sépalos el néctar que atrae a su dulce polinizador, humedeciendo el duro tejido vegetal que prepara los surcos; con las primeras embestidas de la luz que sobre ella se derraman, eclosiona para surgir lo incontenible de sus pétalos, hinchándose en un incontenible flujo de savia que estalla en colorido y geometría de forma, donde el polen deposita la esperanza de germinación que en su ovario deposita sólo en la íntima posesión del instante. Se percibe el pálido reflejo que Krisna nos concede.

 

El joven hacía tiempo que callaba al sonido de la primera de las hogueras, cuando oí un fuerte lamento de las ascuas, que surgían fieras como llanto de todo lo perdido. Ahora, a mi lado, al contagio, la otra fuente de calor que le acompañaba parecía ser anhelada. Fue así que por un momento callaron las hogueras y oí el estruendo de los congregados ante las escalinatas de ascenso. Puesto silencio a lo externo, comenzaron las voces de nuevo; su diálogo cambió el sentido de su conversación hacia los dones y prebendas que la vida les había obsequiado. El menor, sin duda, venía de una acaudalada familia de granjeros, de la cual él estaba llamado, como primogénito que era, a ser continuador; en su ingenuidad lamentaba no haber podido demostrar su capacidad. El mayor alardeaba de una vida de logros que habían labrado una situación holgada para sus descendientes. Y, llegado el punto, decían, la llama de la vida: un resumen de sus años. Como Krisna le había favorecido la infancia al proporcionarle una bicicleta con la que realizar fácilmente los desplazamientos entre las aldeas de su Jalore natal, la habilidad en la elección de los productos que tenían futuro comercial en las lejanas fechas de la independencia le permitió encontrar un local abandonado por una familia mahometana y hacerlo suyo; allí instaló un próspero comercio de afeem, a refugio de una situación revuelta en tiempos violentos. Mi casa era la más afamada para el afeem ki manuhar en muchos kilómetros, y a ella venían viajeros de todos los rincones de nuestra región. Yo mismo preparaba el agua con las mejores cápsulas, seleccionadas entre las mejores de los campos de mi ciudad; abastecían, ¡qué orgullo!, haber celebrado mil nupcias bendecidas por Parvati, lograr difíciles acuerdos de comercio, desenquistar enemistades que oscurecían a la familia desde lustros, y, cómo no, dar la bienvenida y hospitalidad a todos aquellos que acertaban a traspasar el umbral de mi morada.

 

Pero todo aquello sucedió en un lejano pasado. El Gobierno puso final al agua de la hospitalidad y lo obligó a renunciar a la honorable tradición de las alianzas y el honor; en su lugar hubo de ganarse el sustento familiar con nuevas patentes de la venta del alcohol. Pronto deseé dejar el negocio. Recuerdo que había celebrado una boda ritual; la pareja bebió e invitó a mis comensales del agua de la honestidad; fueron felices, sus hijos fueron casi mis hijos, y al pasar de los lustros el menor visitaba mi casa; su mujer, también ella, marchaba todas las semanas con una botella de irlandés. Pronto se convirtieron en dos. Cuando descubrí la situación, los problemas ya eran constantes; intenté poner fin, pero siempre había otra venta cercana que se lo suministraba. Si no la encontraban, eran presa de una violencia sin límites. Me compadecía, hasta que un día la compasión me hizo acabar con aquel suplicio que yo había ayudado a generar. Introduje una dosis de una de aquellas sustancias, del néctar de la adormidera, en una de aquellas botellas; se la ofrecí en su siguiente visita. Cuando les vi marchar, prendí fuego a mi negocio. Sé que nuestro buen Dios me habrá perdonado, pero yo sigo recordando el mal que causé. Tal vez el objetivo de los nuevos comercios sea incompatible con la enseñanza del Señor Krisna.

 

El sonido del mundo consiguió por un instante silenciar la callada conversación de las llamas, cuando un viento de tormenta las reavivó, otra vez encendiéndose las ascuas, y trajo a mis papilas olfativas el humo que nos envolvía. Tuve que cambiar el foco de mi atención: la pira del muchacho se enfrentaba al viento, clamando; de ella nacía un diálogo con su vecina con una inusitada fuerza. Comenzó a narrar su corta vida. Desde muy niño había sentido la llamada espiritual; no era holgazán: gustaba de madrugar para realizar rituales y limpieza corporal, continuaba hasta bien levantado el sol con sus trabajos hortícolas, comía frugalmente y, mientras los demás dormían, yo practicaba. Soy joven, pero he sido diligente, y mis maestros hablaban de mis adelantos y rápidos progresos. A los diez años mis japas valían mil elogios de mis maestros; mis dinacharya y la puja en compañía de mi padre eran por todos comparadas con las del templo. Nada de ello me libró: a los doce años caí enfermo de este mal que los médicos no pudieron remediar y que ha ido comiendo mis posibilidades de vivir en armonía con el mundo. Aun así cumplí con el sagrado deber de la ahimsa, aunque los doctores recomendaban encarecidamente las carnes en mi dieta para tener vitalidad y luchar contra el mal que se extendía por mí. Finalmente, hace unos meses, cuando informaron a mi familia de la gravedad en la que me encontraba, fueron tajantes: el tumor se hallaba extendido y las esperanzas de sobrevivir eran nulas. Mi final era cercano y estaba zanjado.

 

Aquella fue la más oscura de las noches. Oí a mis seres queridos llorar en la distancia; todas sus plegarias habían sido inútiles, sus quejas contra las deidades tocaban la irrespetuosidad. En aquel primer instante en que supe mi destino me uní a ellos en mi desesperación: si mi vida había sido piadosa y bien dirigida, ¿cómo podía verse colmada de tanta contrariedad? Esa era mi pregunta. Abrumado por mi desdicha, fui deambulando por las calles hasta encontrar aquella vieja fotografía en una devota publicación sobre la momificación de Acharya Vinoba Bhave, el gran sucesor del Mahatma. Y este, en su gran nobleza, había dado sentido a mis últimos días: la realización del ritual de la prayopavesa daría sentido a mi existencia. Indudablemente, ya nada podía desear ni ambicionar, y las responsabilidades habían escapado con mi futuro. ¿Qué más búsqueda podía desear que escapar al ciclo de las reencarnaciones?

 

En mi familia, al principio sólo encontré el firme apoyo de mi hermano menor. Cuántos sueños truncados en mis progenitores habían creado resistencia a lo que era inevitable: el inapelable veredicto médico de mi pronta ausencia, que ellos se negaron a aceptar. Mi decisión, hasta que firme me impuse. Mi comunidad, todavía consternada por mi enfermedad, fue más fácil de convencer, y no faltó en ella quien esgrimió con los más hábiles argumentos la grandeza de mi resolución. Una vez convencidos, en los primeros inconvenientes una especie de felicidad se instaló entre todos aquellos que me acompañaron. Ciertamente me sorprendió la cantidad de ayudantes que vinieron de muchos y diferentes lugares de la región para estar conmigo en las meditaciones, con el propósito de hacer más fácil el camino. A todos ellos agradecí su ayuda y compromiso; saludé a todo lo divino que ellos veían en mí, mientras ellos se despedían de todo lo divino que en ellos había. Mis oídos estaban anonadados en la narración y por ello apenas percibía de la tormenta cuando nos alcanzó. Se hizo el silencio, roto por las gotas que en esos momentos chorreaban por todo mi cuerpo. Muy a mi pesar, hube de marchar; y sólo empapado y sentado delante de una humeante taza de té con leche pude reflexionar sobre aquella insólita experiencia y todo lo que había escuchado.

                                                               




 

Había recorrido en los últimos meses muchos lugares religiosos de la India; estaba saturado de divinidades y templos, y en ninguno de ellos había encontrado respuestas a mis preguntas. Además de los lugares antes mencionados, había visitado la intolerancia mahometana en las mezquitas de Sidhnagar, la búsqueda de la anulación de la conciencia en la residencia del Dalai Lama en Dharamsala, el budismo tradicional de la stupa y en diferentes formas de hinduismo, como las tradicionales de Manali y Janakpur, en el Nepal. De todas estas visitas había sacado en claro el amor por la suciedad, la pobreza y el sufrimiento que rodean al hecho religioso. Mis recuerdos por anteriores lugares del globo no eran mejores: chamanes simplistas y estafadores, crédulos clérigos, en el mejor de los casos armados de intransigencia, de ser conocedores de la verdad de la mano de arcanos saberes.

 

Pero en todo ello nada sobre dónde se encontraba mi conciencia antes de mi nacimiento, ni en un salón con un cartelito de identificación donde iría después de mi muerte. Sobre ese conocimiento íntimo de mí mismo, ni siquiera el conocimiento científico era consistente sobre el tema, cuando se había construido la íntima experiencia; y por supuesto no era la suma de mis partes neuronales. Estas están en infinidad de seres vivos sin producir conductas que manifiesten conciencia de sí misma. Tener conciencia y experiencia de mí mismo era el eje que daba forma a la totalidad del hecho; esa es la cosa: indagar en este viaje. Pero por ahora la dejo sin respuesta.

Era la tercera vez en mi vida que tomaba tierra en el aeropuerto Kushok Bakula Rimpochee. La primera fue en el invierno del 2012/13; las restantes fueron llegando en diversos veranos. Estaba dispuesto, como en las anteriores, a adentrarme en las montañas del Hemis National Park en busca de la pantera de las nieves (Panthera uncia), conocida localmente como Shan; sin duda, el felino que más había aportado a mi universo personal y con el que, de alguna manera, había quedado emocionalmente ligado. Este magnífico ser aparece ligado a las antiguas narrativas kirguises del Manas y tibetanas del Gesar. En la primera figura como el tótem del héroe, pero es en la segunda —el Gesar tibetano— la que más aporta a mi relación con él. El Manas, poema épico mitológico kirguís, me fue relatado por un manaschi en otro viaje por tierras de Xinjiang (China), en otra de mis búsquedas del felino, que guardo para otro momento de relatos.


El Gesar es una narrativa oral del pueblo tibetano que se transmite de generación en generación en las hogueras, al calor de las noches estrelladas. Carece de texto fijado y crece en las voces de los ancianos, generación tras generación. Fue en este contexto folclórico de los bardos ladakhíes donde por primera vez oí la expresión Stag-gzig, asociada a un topónimo o pueblo de las cumbres donde habitaba el espíritu del sabio y brujo Milarepa, el único mortal al que había sido dada la ascensión del Kailas, morada de Shiva. La canción hablaba del pueblo que moraba más allá, en las altas montañas, y que era el centro del universo donde nacían los cuatro grandes ríos que atraviesan la tierra. Como todas las narrativas míticas, la de Milarepa, creador de las corrientes tántricas del budismo tibetano, brujo oscuro que en su juventud practicaba los conocimientos ocultos, se asociaba al Shan como guardián de las montañas y puerta a lo desconocido e inaccesible. Un ser tan difícil de ver en su ambiente, que ama las nieves eternas y suele refugiarse en abrigos rocosos y cuevas, tal y como gustaba al sabio brujo en sus años de meditación en la gran cordillera. Un ser que, a su vez, se identificaba con la fuerza silenciosa y el poder salvaje.


Pero volvamos una vez más al momento. La primera sensación tras aterrizar suele ser de falta de oxígeno y cansancio; es normal cuando apenas una hora antes estaba a unos tres mil metros más abajo. Cualquier esfuerzo puede acabar en derrumbe, pero es pasajero: a las pocas horas los glóbulos rojos se adaptan a la nueva dosis de oxígeno y, en un día, todo habrá vuelto a la normalidad si nuestra vuelta a la actividad lo permite. He aprovechado para perderme, siempre, en las galerías, escaleras y salones del impresionante palacio de Lachen Palkhar. Con sus nueve plantas y siendo más antiguo que el palacio del Potala, nos hace sumergirnos en el mundo tibetano; siempre tiene un nuevo rincón que mostrarnos. Esta vez redescubrí la Gran Sala del Consejo, repleta de restos pictóricos del mundo onírico, y las ventanas que por un momento me trasladan al tiempo del esplendor, a las caravanas cargadas de seda y lana y, con ellas, al siempre presente mundo de los lamas.


Al tercer día, y siempre bajo los implacables rayos del sol de la montaña, comenzamos nuestro camino hacia las tierras del Shan: lento caminar hacia las orillas del padre Indo, que recorre aguas abajo hacia Cachemira mientras nosotros ascendemos hacia el Stok Kangri. Antes nos desviaremos para visitar el monasterio de Alchi. Rinchen Zangpo, hacia el año mil, fue su fundador según la tradición de los linajes, y por él fueron pasando todos los patriarcas de las corrientes tántrica, chan y zen. Al igual que, durante cientos de años, caminaron las caravanas de la seda, la lana y las artesanías que se comercializaban entre la India y China. También se conectaba desde el principio con los puertos del océano Índico, con Egipto y Europa; fue, pues, un lugar destacado para los comienzos de la humanidad. Desde el comienzo de la historia, en sus inmediaciones se encuentran los más antiguos petroglifos de Ladakh.


Después de caminar sobre la margen izquierda del río Indo fuimos acercándonos al monasterio. Sobre la terraza que domina el cauce, y unos dos kilómetros antes de llegar, encontramos la primera de las piedras grabadas. Se trataba de un panel que describía una escena de caza conocida como "el arquero", datada aproximadamente hacia el 700 a. C. Me senté en la cercanía y me dispuse a alterar mi percepción. Apenas una veintena de minutos transcurrieron hasta que percibí la figura de un humano ajada por el sol, que portaba en sus manos un instrumento de hierro y que parecía hurtar a mi mirada su quehacer. Abandonando el anterior panel, caminé hasta un bloque que desafiaba el equilibrio en una zona expuesta de la terraza, con amenaza de caer a las márgenes del cauce. El autor estaba entregado a sus labores y apenas se percató de mi acercamiento cuando mis ojos encontraron su trabajo: se trataba de tres figuras felinas, de orejas puntiagudas, mandíbula abierta, ojo redondo, patas flexionadas y cola curvada sobre el lomo. En aquellos momentos el autor realizaba ralladuras que identificaban claramente la figura como la de un tigre. Me senté en la cercanía y me dirigí al artista:


—Siendo esta tierra un lugar de leopardos de las nieves, ¿cómo puedes grabar el tigre?


—No se trata de decir lo que hay; pretendo hablar de los poderes y de la tradición.


—No te entiendo. ¿No eres tibetano?


—Nací en las montañas del norte, cerca del río Shigav.


—Eres del Gilgit-Baltistán.


—Así es. He viajado por las tierras de la estepa, donde aprendí mi oficio de los antiguos. No se trata de representar; se trata de transmitir nuestros conceptos y nuestra forma de ver la vida. Te he visto mirando los grabados de los antiguos. Allí, en esa representación, ¿qué dirías que transmite?


La pregunta me sorprendió, pero con confianza en mi conocimiento de arqueología me dirigí a él con seguridad:


—Es claro que se trata de una escena de cacería en la que un arquero apunta su arma hacia un íbice dentro de un rebaño.


Creía haberlo sorprendido y continué con mi exposición: seguramente su interpretación es la de atraer la caza, cosa que sería importante en una sociedad como la suya, donde la caza y la recolección garantizaban la subsistencia de la población. Cuando terminé mi alocución le dirigí la mirada a sus ojos esperando su aprobación; no la encontré. Encontré, más bien, una expresión risueña que me taladraba con benevolencia.


—No sé de dónde sacas esas conclusiones —dijo de forma pausada—. Hace muchos años que conocemos la agricultura, la ganadería y la metalurgia. Ese grabado habla de prestigio y de la situación social del representado. La posición de los íbices no es la de un rebaño, sino la de los logros conseguidos. El arquero no se encuentra a una distancia de caza de una presa, sino más bien en una posición de logros adquiridos. Si te fijas en su torso bitriangular, es una convención que habla de su categoría social: se encuentra a una proximidad del animal inalcanzable en la realidad, como forma de subrayar visualmente el éxito y la habilidad del hombre, más que como una representación de una acción real. Aparte del animal directamente representado hay un conjunto de tres, y todos marcan sus cornamentas enormes, que se curvan hacia atrás por encima de la línea del lomo. Esto no es casual: es una de las características que permite reconocer inequívocamente a los animales como íbices, que representan valores y prestigios apreciados por todos en las tierras conocidas, desde las montañas a las llanuras. En este mismo lugar encontrarás bloques con representación de otros animales, conjuntos de presas y depredadores, bharales y Shan. Su significado es esotérico y habla de las cualidades representadas por cada uno; las posiciones en el panel son las llaves del significado oculto de las mismas.


Calló y recomenzó la tarea, indicándome que le dejase continuar con sus labores, que ya había abandonado por bastante tiempo debido a mi distracción. Yo le dejé en sus quehaceres mientras continuaba visitando bloques esparcidos por aquí y por allá. Al cabo de unos minutos volví la mirada hacia la zona donde había dejado a mi afanado interlocutor y este ya no se encontraba allí; en su lugar, un silencio solo roto por el eterno tránsito de las aguas del río se había apoderado de aquel lugar. En la lejanía se vislumbraba el edificio que sabía era el antiguo monasterio de Alchi. Empezaba a anochecer y decidí apresurarme para alcanzar la silueta de mi acompañante, que se recortaba en el horizonte. Pronto me encontré a unos pocos metros de ella y como a doscientos metros de una construcción abandonada que sería un buen refugio para pasar la primera noche de nuestra marcha.


Mientras me unía a ella caí en la cuenta de que, a pesar de haberme acompañado desde el comienzo, no había hablado con vosotros ni una vez de ella. Llevábamos ahora unos dos años y la conocí entre los viejos muros de la iglesia de Santa María, durante las jornadas del BluesCazorla. Las ruinas de aquel edificio fueron el lugar de un encuentro trascendental en mi vida: mi antigua pareja y yo habíamos puesto fin a nuestra relación e intentábamos recomponer nuestras vidas sin hacernos más duro aquel momento. Acompañado de mi desaparecido amigo Esteban, me encontraba escuchando un grupo de blues nacional, dándole unas caladas al último canuto que mis manos habían liado: mi propia cosecha, una Permanent Marker criada, como toda la vida, con estiércol, sol y agua, solo para mi autoconsumo y el de mis compadres. Ella clavó sus increíbles ojos en mí; ya no supe ni quise separar mi mirada de la suya. Y aquí estamos, juntos, recorriendo un viaje físico e intelectual que nos va cambiando y madurando día tras día.


La noche se avecinaba y pronto comenzarían a caer la temperatura y las sombras. Juntamos leña en un improvisado círculo de piedras y prendí fuego a la hoguera mientras la oscuridad iba apoderándose de las últimas siluetas del paisaje. Terminamos de instalar nuestros sacos y pasamos a comer las diferentes viandas con las que disfrutaríamos las próximas jornadas, intercalándolas con paradas en las casas de inquilinos que iríamos encontrando en el camino. Ello nos daría la oportunidad de conocer a habitantes locales y de apreciar, entre otras cosas, sus habilidades culinarias. Al calor de la lumbre nuestros ánimos y lenguas fueron desatándose.


—Mi primera pregunta —dije—: ¿qué esperabas encontrar en este caminar por la India y qué has encontrado realmente?


La sorprendí. Guardó unos instantes de silencio que rompió con estas reflexiones:


—Sabes que soy feliz con tu presencia. También deseaba ver el mundo fuera de todo lo que me ha acompañado hasta el día de hoy, y quería verme fuera de mi lugar de confort, acercarme a un mundo de religiosidad que siempre me atrajo: la India. Encontré en ti un compañero de camino. Has vivido como los viajeros, sin miedo a los caminos, y eso me atrajo. En los pasos encuentras tu camino y, al volver tu vista atrás, ves la senda que nunca has de volver a pisar, como dijo el poeta, hecho realidad. Conforme la senda te enseña sus relieves, adaptas tus pasos y decides tu siguiente caminar, tu deambular. Aun así, no dejas de mirar el paisaje para transformarlo. Eso me ha impregnado. He aprendido a andar de una forma diferente a como creí que era, aprendiendo que cada paso hace el camino, y eso me ha gustado. En cuanto a mi forma de ver la espiritualidad, también ha cambiado. Antes de ver la India, mi visión de la espiritualidad y de las religiones estaba separada de su realidad social circundante. Ahora tengo una forma diferente de abordar ambos fenómenos: nada es separable, y tu forma de indisociar sociedad y religión es sugerente. Practicas una dialéctica de irreverencia espiritual que confieso me ha calado en la visión del mundo que ahora tengo. No digo que comparta contigo la total crudeza que muestras, se hace ya nuestro destino, pero comprendo mejor tu sátira e indiferencia hacia estos temas, y algo mejor tu forma de vivir. Enemigo como eres de una vida después de la vida, descreído de cualquier forma de práctica espiritual y crítico mordaz con la realidad de las religiosidades del día a día, entiendes las prácticas sociales como forma de enjuiciar la realidad del hecho religioso: la vida comunitaria, la pertenencia a un grupo social como fundamento de la religiosidad, nunca el individuo como origen de lo espiritual. Esa es tu forma de analizar.


—Veo que has pensado sobre todo lo que hemos hablado y diría que me has entendido mejor que yo mismo me comprendo muchas veces. La conciencia que tenemos de nosotros mismos es engañosa; busca en el camino de su preservación que creamos en su persistencia después de esta vida, y antes de la misma. Efectivamente, solo acepto esta vida, aunque creo firmemente que la existencia, como posibilidad evolutiva, nos trasciende desde los orígenes hasta la finalización del universo en el que existo: evolución y física contra creencias religiosas y engaños psicológicos de nuestra conciencia. En la lucha por nuestra supervivencia como individuos, la evolución nos ha dotado de esa maravillosa herramienta que es nuestra psique, sin duda más compleja y sutil de lo que creemos. A veces, para no sufrir y poder continuar cuando el sufrimiento y el cansancio nos pueden, creo que es capaz de inducirnos al autoengaño antes que aceptar nuestras limitaciones.


Amanecía a las cinco, y en mi momento preferido en las montañas la luz es mágica; según vayan avanzando las horas, las nubes, si las hay, acabarán tapando sus cumbres para denigrarnos su esplendor. Recogimos nuestros enseres y nos encaminamos al cercano monasterio, donde los residentes se atareaban con sus cánticos desde hacía ya largo tiempo. Durante la noche, seguramente los restos del último psicodélico habían convertido en algo real mis sueños. Contemplé, montado en un rayo de luz, una figura que parecía descender desde la cumbre del pico. Conforme fue acercándose a los restos humeantes de nuestra hoguera, distinguía a su lado la inquietante compañía de un Shan, que parecía acompañarlo más como un igual que como una mascota. El felino quedó parado a una prudente distancia, mientras el hombre caminó en mi dirección. No tuve la sensación de movimiento, más bien de traslación flotante; pero en su transportación la figura fue haciéndose real. Era extremadamente delgada, sus largos cabellos alcanzaban casi su cintura, la tonalidad de su piel recordaba al verde azulado, y tanto su nariz como sus orejas eran extremadamente alargadas o aguileñas. Se le veía extrañamente cercano a nosotros, aunque mi compañera, ajena al suceso, dormía plácidamente. Dirigió su mirada a la mía y lentamente desplazó su brazo hasta que su mano estuvo en disposición de tocar sus puntiagudas orejas. Tras una pausa en la que reorganizó su pulcra vestimenta de algodón blanco, comenzó su diálogo con un saludo tradicional que era un claro y tranquilizador sonido musical. No encontré las palabras para comunicarle la bienvenida a nuestro ya escaso rescoldo, pero sin duda me entendió.


—¿Qué haces tan lejos de tu familia y amigos, extranjero? —me interrogó.


—Extraña aparición a estas horas de la noche y extraña tu pregunta para un desconocido.


—Sabes quién soy y sabes perfectamente que mi pregunta surge de ti mismo.


Su respuesta produjo en mí por igual aceptación y rechazo; opté por abrir mi conciencia a tan forzado diálogo.


—Diría que conocer y observar son los motivos, aunque en el pasado ya observé al acompañante que tienes a tu lado; y conocer es algo genérico: el hábitat, desde las montañas, su gente y tanto como pueda de vuestra cultura.


—Qué típica es tu respuesta. Yo la concretaría en tu realidad; y por eso te pregunté antes lo que te pregunté. Pero si lo prefieres, ¿cambio los términos de mi pregunta? Dicho de otro modo: creo que he venido a buscar mi propio camino, el que quiero hacer en los años de vida que me queden.


Hubo un tiempo en que tampoco estuve de acuerdo con lo que hice con anterioridad. Durante años tuve que saldar mi calma y mi maestro me hizo trabajar sin descanso ni recompensa hasta el agotamiento. Creo que los dioses griegos condenaron a un hombre, un tal Sísifo, a ese destino por una eternidad. Pero no fue así conmigo: mi maestro al fin se apiadó de mí. Me vio preparado para mi destino y entonces accedió a la transmisión de sus enseñanzas y las encarnó en mi persona, así como yo las he dado en herencia a mi linaje. Los seis dharmas de Naropa cristalizaron en mí tras la gran construcción del edificio del Sekhar Gutak. Allí aprendí el tummo y los mahamudra, de la mano de mi maestro Marpa Lotsawa Chokyi Lodro. Llegado ese momento, me retiré hasta las montañas, hasta alcanzar la unión que libera de las ataduras terrenales. Y desde aquel lejano día comenzó mi destino a realizarse en la transmisión de mi linaje a los habitantes de las tierras del Kagyu. Mi propia obra se vio favorecida por el gran Shiva, que me proporcionó la sabiduría para triunfar sobre Naro Bonchug en la lucha por la conquista de su morada en el Kailash. Desde aquel momento me acompaña la figura manifestada del guardián místico de la puerta: el Shan.


Todo aquello se había convertido en un ruido insoportable que amenazaba con estallar en mi cabeza. ¿Qué tenía que ver aquella verborrea conmigo y con lo que yo hacía en aquella montaña? Miré su figura pálida y, armándome de infinita paciencia, decidí callar aquella insana furia que se hallaba ante mí. Yo no tenía nada que enseñar a aquel ermitaño enloquecido por su alimentación.


—Es sabido de ti a lo largo de las muchas andanzas que he tenido en estas tierras, y confieso que siempre he temido encontrarme con tu figura. Pero ahora que lo he hecho, lo agradezco: he comprendido lo lejano que me hallo de tu locura y lo cercano que me encuentro a la mía. Conocí desde lejanos tiempos el mito griego que antes reseñabas, y mi comprensión del resultado hace que vea más clara la distancia que nos separa. Tú eres mi Sísifo, el brujo que ascendió a la montaña con su piedra pero que jamás volvió a la base para buscar su eterno repetir. Yo soy Sísifo, el que enseña a los dioses su orgullo descendiendo cada noche para retomar su faena cada amanecer. Sin sufrimiento, deseoso de su eterno trabajo, sin síntomas de agotamiento en mi rostro y pidiendo que cada mañana esté mi piedra esperándome. Cada arruga de mi rostro, cada cicatriz de mis ajadas manos, la he buscado con anhelo. Estoy aquí para encontrar al felino de las montañas; no porque sea el guardián de ningún mundo misterioso al cual tengo acceso, solo yo. Estoy aquí para ver en su materialidad la esencia magnífica del sentido que todos aquellos que sufrís no podéis alcanzar.


Cuando hube terminado la última de mis palabras, mientras el aire frío de la madrugada llegaba a mis mejillas, comprendí que había desaparecido de mis ojos la figura esquelética de Milarepa, desvanecida como por arte de magia. En su lugar quedó el magnífico felino de las montañas, que clavaba sus inmensos ojos brillantes sobre los míos. Levantó su cuerpo agazapado entre las rocas y, girando, marchó ondeando su esbelta cola a modo de saludo, para desaparecer tras la suave colina de piedras sin señal de vida aparente.


La figura del felino había sido real; y ella me hizo recordar la esencia del viaje en que me hallaba embarcado. Recogimos nuestras pertenencias, como ya he dicho, y reanudamos nuestra marcha, no sin antes detenernos en el monasterio de Alchi. Allí los monjes continuaban con su milenaria búsqueda de la perfección: tummo o elevación de la temperatura corporal, y mahamudra, conocimiento de la realidad y la naturaleza de la mente, formas tradicionales del Kagyu budista tibetano. También una visita al contenido artístico del antiguo monasterio, con sus magníficas representaciones murales de influencia cachemir, en las que pude observar las decenas de escenas cortesanas y seculares del edificio Dukhang, uno de los principales del citado conjunto monástico.


Antes del mediodía continuamos nuestro camino y no alcanzaríamos las inmediaciones de la gompa hasta el anochecer del siguiente día, sin nada más que reseñar en estas agotadoras jornadas. Alcanzaría la aldea de Zhingchen con las últimas luces del día y reposaríamos la noche agotados de tanto caminar. Con las nuevas luces retomaríamos el camino, siguiendo las empinadas subidas del arroyo, con sus impresionantes farallones montañosos, hasta las cercanías de la aldea. Contemplar las elevadas paredes labradas por la acción del agua a través de los años fue agradable en el transcurrir de nuestros pasos; la monotonía del agua en su eterno discurrir había labrado el profundo desfiladero, casi ausente de vegetación, roto aquí y allá por las exiguas terrazas que servían para el cultivo de sauces y de algún que otro chopo descabezado. Rodeado de bellas flores rosáceas pertenecientes a los tamarises del Himalaya, conocidos localmente con el nombre de Om-by y utilizados por los lugareños frente a las fiebres por intoxicación o problemas respiratorios en la medicina tradicional tibetana. Al mediodía alcanzamos el final del angosto desfiladero para visualizar el amplio valle que favorecería la ubicación de la aldea de Rumbak. La salida del desfiladero era una formidable puerta pétrea de unos treinta metros de ancho por unos cincuenta de alto, por la que se precipitaba el continuo discurrir del cauce, por demás bastante caudaloso en este momento del año. Cien pasos después de superado el portal encontraríamos los primeros rastros del mendong, muro de losas grabadas, testigo de la devoción de aquel pueblo al bodhisattva de la compasión, Chenrezig. Era uno de los más altos que he visto en todo Ladakh, casi dos metros, y un kilómetro nos separaría de las primeras construcciones de la aldea. Continuamos con nuestros pasos hacia ella bordeando en sentido horario la acumulación de losas con diferentes caligrafías e imágenes que íbamos visualizando, como manda la tradición.


Era mi tercera visita a la aldea; todo permanecía igual, salvo un desagradable edificio que la industria del turismo había venido a colocar en la confluencia del escondido rincón en que se halla el poblado y la línea del arroyo principal que desciende desde lo alto del valle. Aunque disponíamos de energía suficiente para continuar ascendiendo y era temprano, decidimos tomar un merecido descanso en una de las pensiones regentadas por los habitantes, y mandar al carajo las modernas instalaciones del moderno hotel que venía a despejar de autenticidad el lugar y a drenar de recursos a los verdaderos dueños del paisaje. Mi único consuelo, después de varias visitas al lugar separadas por lustros, era comprender que el complejo hotelero en continua expansión tenía los días contados. Era cuestión de tiempo; ya había visto puentes, tendidos eléctricos y un complejo turístico anterior desaparecer en cuanto la montaña mostraba su furia desencadenada en los terribles temporales que parecían azotarla cíclicamente.


Pronto obtuvimos alojamiento al principio de la única callejuela que tiene la pequeña urbe, donde nos alojaríamos en una de sus tradicionales viviendas, de gruesas paredes y azoteas construidas con hileras de ramas secas de sauce, que dotan de grosor y resistencia al frío a estas edificaciones. Nos recibió la familia, compuesta por los abuelos, los padres y los nietos, que rompieron su monotonía para agasajarnos con una agradable taza de té, mientras la luz tenue del atardecer se colaba por los amplios ventanales que llenaban la estancia del salón, con unos destellos dorados sobre las estanterías repletas de suyas de bronce, y el calor de su clásica estufa de boñiga de yak. Allí terminaríamos la jornada, en agradable conversación con nuestros anfitriones.


Una vez más nos levantamos para ponernos en marcha hacia nuestra próxima parada, la gompa y caserío de Yorutse, a unos cuatro mil metros de altura, donde esperábamos llegar a primeras horas de la tarde. Seguimos la trayectoria del viejo mendong hacia el cruce del arroyo; las últimas crecidas por el inexorable deshielo del lago glaciar y sus pequeños glaciares circundantes habían inhabilitado el puente que lo cruzaba. Nos vimos obligados a entrar en el cauce con nuestras piernas desnudas, y apenas una decena de metros en aquellas aguas frías pusieron nuestras extremidades enrojecidas, lo que nos invitó a acomodarnos mientras nos frotábamos con las manos para hacerlas volver al calor. Aproveché esos momentos para sacar mis lentes y otear las cercanas cumbres en busca de alguna señal del Shan que había venido a buscar o, en su ausencia, algún lince boreal, conocido también localmente como Eeh. Me sorprendió la casi total ausencia, hasta donde abarcaban mis prismáticos, de sus habituales presas: los bharales para los Shan y las marmotas para los Eeh. Pero pensé que sería normal a finales del verano. En los crudos inviernos unos y otras bajan al fondo del valle y, con ellas, su cortejo de depredadores: los Shan, los Eeh y las manadas de lobos tibetanos, conocidas aquí como shangkus.


En pasados viajes a esta tierra he tenido la suerte de contemplarlos a todos en esta belleza de ecosistema de la alta montaña, y también la inestimable conversación con los pastores de yak para comprender la admiración religiosa que le profesan, unida a la comprensión de las integraciones de este equilibrado ecosistema que se están quebrando. En mis recorridos durante el verano, su paisaje cambia con los coloridos de sus jardines florales, que en esta fecha suben hasta el paso de Namlung La y el de Ganda La; este último nos abrirá la llave de entrada hasta el valle de Marka, que es mi destino en esta ocasión. El anterior tiene unos 4.800 m y nos haría adentrarnos en el valle de Stok; he elegido el último porque nos conducirá, con sus cuatro mil novecientos metros, al corazón de las poblaciones del Shan y el Eeh en las montañas de la cercanía al poblado de Shingo.


En esta ocasión no realizaré el descenso desde Ganda La por el desfiladero de Shingo hasta el valle de Marka, aun a pesar de su bellísimo colorido. La población de depredadores suele quedar en las inmediaciones del paso para estas fechas. Continuamos ascendiendo la pendiente que nos acercaba al caserío; el paisaje cambiaba paulatinamente, abandonábamos la zona de enebros y bosques ribereños. Conforme nos acercábamos a la construcción, el paisaje había adquirido las características de los pastos de alta montaña. En esta fecha es agradable escuchar los cánticos de varias especies de acentores, corrucas y el zorzal de garganta negra. Continuamos tomando altitud cuando empecé a tomar conciencia de una gran ausente: la marmota del Himalaya, antaño abundante en las inmediaciones del caserío, ahora estaba ausente. En unas tres horas habíamos alcanzado las macizas paredes del viejo edificio: gruesos muros encalados y ventanales que alzaban su mirada a las empinadas laderas, con pequeñas terrazas de cultivo donde pastaban los burros que una y otra vez porteaban alimentos y enseres por aquella vieja ruta.


Subimos la empinada escalinata que daba acceso a través de una puerta de gruesos tablones que, quejada, amenazaba con caerse sobre nosotros en cualquier instante. La atravesamos para encontrar una pequeña estancia de unos quince metros cuadrados, de la que partían en su pared de enfrente dos pequeñas aperturas; la primera daba paso al gran espacio del inmueble, un salón de grandes dimensiones con una hilera de tres columnas separadas siete pasos entre ellas, iluminada por una hilera de ventanales orientados al pequeño arroyo que transcurría un centenar de metros más abajo del edificio. Una vez más tomamos asiento y repetimos el hospitalario gesto de la taza de té, mientras anunciamos nuestras intenciones de pasar la noche en su alojamiento. Como conocía de antaño el lugar, pedí alojarme en las habitaciones de la planta superior; el propietario accedió de buena gana y aparentó reconocerme de mi anterior visita. Indudablemente, mi rostro y mi pasada visita le eran desconocidos; serían tantos los que hubiesen pasado por aquel alojamiento en los diez últimos años transcurridos. Solo vi en su rostro el brillo del recuerdo cuando asoció a mi persona la pasada petición de alojarme varios días en la planta alta para, desde ella, contemplar las inmediaciones en busca de felinos.


Subimos la angosta escalera, con sus tablas de chirriante madera, para salir a un techado de pequeñas dimensiones que daba paso a la terraza. Era un cuadrilátero de dimensiones equivalentes al salón sobre el que estaba situado; en su centro, una pequeña lucarna por la que entraba algo de luz a la sala inferior y escapaba el humo de la vieja estufa. Enfrente de la escalera, dos habitaciones con las habituales alfombras y unos jergones para dormir, todo ello abundantemente iluminado por una luz que entraba a raudales por sus acristaladas paredes. En el lateral contrario a las vistas de la terraza se levantaba el diminuto altar de la gompa, que daba su sentido religioso a la tradición hospitalaria de la edificación. Desde la pesada baranda hecha de muro de la terraza se podía ver una impresionante panorámica de las laderas y picos vecinos. Allí pasé el resto de la tarde oteando para intentar localizar las manadas de bharales e íbices que pudiesen haber. En la ladera de enfrente, en la anterior visita, se veían numerosos cubiles de marmotas, y en sus puertas jugueteaban y realizaban sus típicas muestras de vida social. Ahora estaba todo desierto, sin muestras de estos divertidos ocupantes. ¿Qué habría pasado con ellos? Dejé pasar un largo rato, desechando la idea de que pudieran estar en el interior de sus madrigueras, dejando pasar el sol intenso del mediodía, hasta que las últimas luces de la tarde me convencieron totalmente de su ausencia. ¿Se habrían mudado?


Después de la típica comida compuesta de arroz, dal y algo de verduras locales, marchamos a la cama, no sin antes contemplar el cielo nocturno plagado de incontables estrellas del Transhimalaya. Amaneció y reanudamos el camino hacia el punto más elevado, el paso de Ganda La. La etapa se dividía en dos partes aproximadamente iguales; los primeros dos kilómetros transcurrirían con la misma inclinación del día anterior y nos llevarían a un ensanchamiento del valle, donde confluían varios arroyos de montaña. En la segunda parte el sendero asciende vertiginosamente unos ochocientos metros hasta la entrada de la garganta de Marka. Pronto alcanzamos la explanada y habíamos decidido acampar allí para observar el amplio número de pequeñas cumbres que nos rodeaban. Mi acompañante comenzaba a dar claros síntomas de cansancio acumulado por los días anteriores y la altura alcanzada. Superadas las últimas subidas del ascenso, tuvimos la amplia llanura que formaba la confluencia de los arroyos y, ante nuestros ojos, el árido paisaje de las rocas desnudas: un paso del intenso caleidoscopio pétreo al verde intenso de las leguminosas montañosas localmente conocidas como glabasadma (Thermopsis lanceolata), que escribía sus vainas todavía verdes. Apenas avancé unos metros y comencé a localizar las correrías de nuestras intrépidas observadoras, las marmotas; sus chillidos llenaban el silencio desolador de aquellos paisajes. Pronto alcanzaríamos el cenit y los intensos rayos solares amenazarían con quemar nuestras cabezas; aceleramos la marcha para refugiarnos en las paredes de una ruinosa construcción desde donde pudiésemos observar sin ser observados, a refugio de las radiaciones. Las marmotas paulatinamente fueron marchando a sus aposentos, refugiándose del astro abrazador, y allí pasaríamos las siguientes horas dormitando con nuestras vecinas, a la espera de la caída de la tarde.


Con la llegada de los primeros vientos frescos reanudó la actividad el conjunto de nuestras amigas y, con ellas, los acentores, marcando inexorablemente el comienzo de mi actividad. Ya que mi Leica salió de su funda y, tras desempolvar cuidadosamente sus cristales, comencé a escrutar lentamente todo el terreno que me rodeaba. He nacido y entrenado cada parte de mi organismo para tal actividad: puedo pasar la más larga de las jornadas atisbando cada grieta, abrigo y matorral sin que mi respiración perturbe la seguridad de mi pulso; en definitiva, como un yogui sin propaganda. Hace años que comprendí que el mayor enemigo de la observación es la distracción mental; tus ojos se convierten en prolongación de tus pensamientos, y si estos distraen tu objetivo, ellos miran sin ver. Si tus pensamientos enloquecen, ellos miran sin ver. En innumerables esperas he coincidido con todo tipo de buenos naturalistas que miran sin ver. Sentarse sin agitar tu mente es la forma de mirar para ver; la conciencia nos engaña, las pruebas que nos disponen en el camino del deseo pueden venir de cualquier parte y pueden alcanzarnos por cualquiera de nuestros sentidos. El insistente cántico de un ave delata en la mente abierta al sigiloso depredador acercándose; el movimiento de una sombra en la periferia de nuestro campo visual puede anteceder al deseado felino. Todo ello se hace patente si eres capaz de silenciar tu pensamiento y contemplar lo que te rodea. No distraer nuestra cabeza en imágenes que perturben nuestro objetivo; coordinar nuestra respiración para obtener la comodidad frente a las largas horas de espera; nuestra postura corporal, la temperatura de nuestras extremidades, la visión clara y atenta, van a depender de una respiración que tenga su origen en el bajo vientre. Son trucos que practico desde hace lustros; en definitiva, transcurrir el tiempo sin que tu conciencia te genere sufrimiento. Tiempo atrás acudía a este entrenamiento como forma de autodisciplina, y hoy en día es un continuo de mi vida que me permite una infinidad de actividades: conducir, pensar activamente u observar en busca de la solución de un problema. Fue pasando la tarde sin novedades; las marmotas comentaron un pronto retirada y nosotros dispusimos nuestros equipos para hacer frente a una noche a gran altura.


Alzar la mano y sentir que puedes agarrar las estrellas es propiedad de los cielos libres de contaminación. Fueron pasando las estrellas por aquel firmamento mientras nuestra charla se fue espaciando, dando paso al silencio, que apenas se veía roto por la silueta de chotacabras, murciélagos y aves rapaces nocturnas. El frío de la madrugada lo combatimos con el calor del cacao caliente y, después de recoger nuestras pertenencias, nos apostamos para aprovechar las primeras luces de la mañana. Las marmotas no madrugan, y los incesantes vuelos de una pareja de águilas reales (Aquila chrysaetos) les incitaron a prolongar su salida hasta bien pasadas las horas frías de la mañana. El movimiento delató a un viejo macho de bharal, que anduvo ramoneando entre riscos hasta que, tal vez harto de observarnos, decidió marchar hacia la cumbre y dejarnos una vez más con el silencio desolado de aquellos parajes que nos rodeaban. Apenas transcurrida la anterior escena apareció una de las águilas y cayó en picado sobre un grupo de jóvenes marmotas. El grupo, compuesto de cuatro o cinco ejemplares, se disolvió y cada una salió a la carrera en una dirección diferente; de la nada surgió con vuelo raso su compañera, tomando en sus garras a la más grande de las desorientadas y alzándola rápidamente por los aires. La otra voladora cruzó rápidamente la distancia que la separaba y ambas cruzaron sobre nuestras cabezas hasta desaparecer de nuestra vista tras el cerro a nuestras espaldas. Al salir de nuestro asombro, había llegado la hora de nuestra separación. Mi compañera regresaría a la gompa de Yorutse, donde descansaría la jornada mientras yo ascendía hasta el paso de Ganda La para aprovechar la próxima luna llena en el último intento de avistamiento.


Comencé la subida que nos va alejando de la confluencia de los arroyos, haciendo que elijamos el principal aproximadamente durante el primer kilómetro y cruzándolo a la derecha, dirigiéndonos hacia la base de la empinada ladera que conduce al paso de montaña. Huellas de herradura y boñigas me marcaban la andadura; durante la subida comenzaban a convertir cada paso en un esfuerzo y cada parada en una prueba de voluntad. Así serían las próximas horas. Mientras andas no observas; es el momento de distraer tu mente del agotamiento que la subida te produce. Es un buen instante para la reflexión, siempre que seas capaz de disciplinar tu intelecto en reflexiones que no conduzcan a la desazón y el agotamiento. Y mientras avanzaba me vino el recuerdo de las experiencias pasadas de mis visiones y de cómo aunar los conocimientos con estas. ¿Existe un sentido para mi vida y mis decisiones? ¿Lo que hago está en consonancia con lo que pienso? De otra forma: ¿repetiría una existencia con sus errores y aciertos en una eterna afirmación de mí mismo, sin arrepentimiento ni esperanza de recompensa? Mi contestación sería: sí; sin dudarlo.


Con mis limitados conocimientos de física moderna he llegado a la comprensión del universo en el que habito como la única expresión de lo que existe, eterno e infinito. El tiempo y el espacio son creados de una forma relativista y carecen de sentido teleonómico, que no de causalismo. Así me defino. En mi posibilidad están las causas que dieron origen a este y que caminan en la expansión acelerada del mismo, pero sin ser unidireccionales. Igual que soy, nada concluye que no pudiera habernos sido. Soy, y con ello me basto. Sin Dios, sin patria, sin amo.


No me declaro huérfano de sentido, pues sé que soy todo mi sentido. Si no hubiese realizado todos y cada uno de mis pasos, no sería quien soy. Sería otro que no soy, y ese sí que no soy. En definitiva, camino alegre y despreocupado hacia la conclusión de mi camino. Tengo tantos recuerdos de mi pasado, y sin duda distorsionados, que apenas guardo sitio para los que han de venir; y si alguno pierdo en el camino, que sea reemplazado pronto por otro que haya en mi destino. No han sido contenido por lo que he vivido; no deseo contener lo que me queda por vivir. No soy solitario, y en lo común encuentro parte de mi destino, siendo lo colectivo parte inseparable de mi sentido; no hago de lo común el contenido de lo vivido. Con estos pensamientos llegó el momento de detenerme, a la mitad de mi ascensión, sacar el almuerzo y observar las vistas para buscar la manada de bharales. Desde la altura a la que me encontraba, las vistas del Stok Kangri, con sus seis mil ciento cincuenta y tres metros, son inimaginables, con sus nieves perpetuas, sus lagunas glaciares y sus arroyos de montaña descendiendo vertiginosos. Blanco inmaculado de sus cumbres y colorido de rocas en sus laderas; paseé sus pendientes verdes de prados hasta localizar el nutrido número de más de trescientas en la falda sureste de la montaña, y decidí el trazado más seguro para mi acercamiento. Había consumido ampliamente el tiempo de descanso. Era hora de volver a la caminata; aún me quedaban unas dos horas hasta alcanzar la cumbre del paso y luego al menos una más para acercarme a una de las crestas que me pondrían en una situación privilegiada. Pronto comencé a sentir síntomas del esfuerzo realizado y el proceso de adaptación a la altura. No en vano, sin duda me hallaba a más altura que en toda la Europa occidental. Los últimos doscientos metros de desnivel y alcanzaría el paso. Recuerdos de mi anterior visita y, entre ellos, un pensamiento: cuál había sido la decisión errónea que había conducido a la tragedia que precedió en unos días a mi anterior estancia. Como ya he indicado, el paso antecede a la garganta de Shingo, y este es un pronunciado descenso entre coloridos e inestables materiales detríticos hasta las inmediaciones de la aldea. Esta vez no había señales de nubes en el horizonte; en esta fecha, finales de agosto, son siempre peligrosas por la fuerte tormenta monzónica. Sin duda, en aquella ocasión mis recuerdos serán de fuertes lluvias en los días que precedieron a mi vida, y en esta situación un nutrido grupo de locales, europeos y bestias de carga habían perecido, arrastrados por un deslizamiento de los materiales del empinado desfiladero.


¡Qué liviano es el grosor del hilo que ata nuestro destino! Con ese pensamiento regresé a mis anteriores reflexiones, con mis últimos esfuerzos por alcanzar la cumbre. Si hubiese un destino resignado por un demiurgo, la vida sería atroz, y este sería ajusticiable y reo de las peores causas contra la humanidad. No sería digno de las labores de la abogacía celestial. "Dios ha muerto", y si no, habría que volver a justificarlo en la peor de las ejecuciones. Siendo como somos desposeídos de todo sentido, los únicos culpables de nuestro sufrimiento terrenal y de aquel que causamos gratuitamente están en nuestro interior. Solo tenemos responsabilidad de nuestra existencia y comprendemos la insoportable levedad de nuestro ser, como dijo Milan Kundera, y decidimos gastarla. Sin disfrutar de esa oportunidad, que no es única, desistirla; y sin disfrutar de existirla a nuestro particular estilo.


Alcancé la cota más alta del camino y era momento de trazar mis próximos pasos, sabiendo del camino prefijado hasta las cercanas crestas en las que se divisaba el grupo de bharales. Caminé lo que me separaba, en terreno bastante llano, de las crestas, con tiempo suficiente para elegir el lugar idóneo para apostarme y poder vigilar al grupo salvaje, en espera de su no menos salvaje pastor. Así había comprendido la relación entre presa y depredador en todas las correrías que había realizado por el mundo para sentir los últimos espacios de posesión en la estirpe de los felinos. Busqué entre las rocas el lugar en el que me sintiese cómodo para mirar sin ser visto a la cercana pradera alpina en la que pastaban y pudiese contemplar a su dueño cuando la visitara, para reclamar su derecho a la vida. Me abrigué despojándome de mis prendas sudorosas y sintiendo el agradable contacto con mi piel del algodón y la lana de la camiseta y de la chaqueta. Adiviné en su tremenda envergadura y la clara forma de quilla que se trataba de un quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), skiaklag para los aldeanos, tan cerca de mi posición que pude distinguir su expresión facial y las anaranjadas tonalidades de su plumaje. En una airosa maniobra de vuelo giró hacia la garganta que formaban dos de las crestas rocosas, a apenas unos centenares de metros de mi punto de observación. Vino a mi mente la imagen de otros ejemplares observados por mí en las cordilleras de la península ibérica: un ave magnífica con un comportamiento de lo más curioso; sus vástagos permanecían con los progenitores, y estos se encargan de su adiestramiento durante sus primeros años de vida. Reapareció unos instantes después y finalmente se posó en una de las repisas de la cresta derecha de mi punto de observación. Cuál no fue mi sorpresa al comprobar que en esa ubicación permanecían dos ejemplares de la especie anteriormente no observados. Habían pasado desapercibidos a mi vista, pero ahora, más tranquilo desde lo alto de la atalaya que ocupaban, se prestaban a una magnífica observación. Los ejemplares recién llegado y el que ocupaba el flanco contrario eran adultos y probablemente fuesen una pareja progenitora; el que ocupaba la posición intermedia lucía la transición del plumón al plumaje de primer año, apenas empezaba a poder ejercitar sus alas y reclamaba insistentemente a su recién llegado progenitor su atención. Finalmente, el ocupante del escarpe se lanzó al vacío, alejándose de la escena hacia la cumbre nevada del gran pico. El joven desplegó sus inmaduras extremidades alares en un ejercicio preparatorio de lo que pronto sería su primer vuelo. Estábamos a mediados de septiembre y estaría pronto a los seis meses de edad, pues es conocido por mí, de anteriores relaciones con esta especie, que suele eclosionar sus huevos en los primeros meses del año. Finalmente, el adulto se lanzó siguiendo el recorrido de su pareja y dejando a su retoño en su inalcanzable repisa, al cuidado de mi persona, hasta que este se decidió a retirarse al interior de una cavidad que había pasado bastante desapercibida para mí con anterioridad.


Era el momento de volver mi mirada al suelo y hacer lo que había venido a hacer. Clavé mis prismáticos en el nutrido grupo de bharales y comencé a observarlas; sobre todo a aquellas que ocupaban las posiciones extremas de la manada, por donde era más previsible el ataque de un depredador. Fueron pasando los minutos entre tranquilidad y alteraciones, y no venían sucedidas de resultado. Movimientos nerviosos de algunos ejemplares que no culminaban en los esperados resultados, y con ellos llegaron las últimas luces y el atardecer. En el rabillo del ojo, una sombra hizo saltar las alarmas: quería pasar desapercibido. No más alto que los matorrales que le rodeaban, su imponente figura y su largo pelaje le delataban; quería evitar ser detectado. El hermoso ejemplar de shangk (Canis lupus tibetanus), su silueta lucía impresionante bañada por los últimos rayos solares de una tarde con importantes encuentros. En aquella altura se concentraba todo el esplendor de la naturaleza del Himalaya. Apenas medio minuto en que se cruzaron nuestras miradas y que unieron nuestros corazones en la soledad del árido paisaje del que era poseedor y yo visitante poseído. Desapareció con la habilidad para camuflarse que caracteriza a la especie: una visión rauda y sin consecuencias en su existencia, un recuerdo imborrable en la mía. Con esos pensamientos marché a la improvisada pensión bajo las estrellas, con improvisado jergón y mi saco de plumas. Agotado por el esfuerzo de la subida y la intensidad de las emociones visuales de la jornada, sin tiempo para reflexiones pero con la alegría rebosante de un niño al recibir el regalo con el que la montaña me obsequiaba. Al amanecer habría un ojo para atestiguar una vez más que los rayos solares se habían alcanzado antes a la mole de roca que presidía toda aquella cautivadora belleza. Mi cuerpo se resistía a abandonar la mullida comodidad del plumón; mis articulaciones amenazaban con rigor mortis a mi voluntad hasta que mi cerebro encontró el control para domar y volver ambas a la tarea. Recoger, calentar en mi improvisada cocinita portátil el agradable líquido y oler el aroma del cacao y café de un tetrabrik, mordisqueando una de las últimas barritas que se hallaban en mi poder. Finalmente comencé a mirar al grupo que había iniciado su continuo deambular por la pradera en su incesante búsqueda del alimento. Nada en él transmitía inseguridad cuando en el centro de mi campo de visión una figura felina nítida y blanca, con motas negruzcas, apareció; toda la escena destilaba tonos azulados propios del comienzo de la jornada. Desapareció en las sinuosidades del relieve de la cresta, reapareciendo en la línea nítida que formaban rocas y cielo. Era porcelana rayada en el contorno marrón y azul que lo enmarcaban. Evidentemente visible desde mi posición e invisible a sus posibles presas, que seguían pastando ajenas al peligro que les acechaba. Apenas un minuto después saltó a lo profundo de un surco que descendía hasta la base misma donde comenzaba la pradera. Fue invisible en su descenso, aunque era adivinable su trayectoria e intención; fue difícil verlo aparecer. Durante un tiempo adoptó la típica táctica felina de agazaparse y desplazarse en trazos rápidos hasta estar a la distancia conveniente. El presentimiento de que el peligro estaba cerca, quizá el viento que aporta información, hacía que los bharales estuvieran inquietos. Sus fuertes músculos lo pusieron en marcha como un resorte; no era un corredor de pradera, y aunque su velocidad era abrumadora, las bharales habían comenzado su carrera dispersiva con suficiente antelación como para causar agotamiento en esa explosión destinada a durar unos instantes. La pérdida de la sorpresa fue crucial y la planicie del terreno un factor negativo para el logro inalcanzado. La manada huía y el cazador quedó solo bajo la mirada de los observadores unos instantes, y fue el momento de partir paseando mientras se alzaba su robusta cola como un estandarte para marchar tras las últimas líneas de rocas.


Hacía tiempo que depredador y presa habían abandonado el escenario y yo comencé mi regreso sobre mis pasos hacia lo conocido. Alcancé la base antes de la desaparición de las marmotas y continué el descenso hacia la antigua gompa; cuando alcanzaba la confluencia de los arroyos adiviné la figura de mi compañera esperando mi regreso en compañía de los divertidos roedores. En mi cara adivinó lo sucedido en mi comienzo de jornada; no se obligó a tomar asiento y, tras reiteradas peticiones, tuve que relatar con detalle las observaciones del felino, el cánido y las aves. Fue en la última de estas cuando escuchamos el chillido de una marmota y, mientras sus correligionarias subían en todas direcciones, giramos nuestras cabezas en la dirección a los lamentos que en esos momentos llenaban el silencio del paisaje más cercano. Señalé la dirección del origen del sonido y ambos quedamos petrificados ante la escena: apenas a un centenar de pasos, un Eeh sacudía en sus fauces el voluminoso cuerpo de un roedor hasta que quedó sin vida. Se tumbó en el mismo lugar de la captura y durante casi una hora tuvimos la oportunidad de seguir el banquete, por tantas veces observado por mí en su pariente cercano, el lince ibérico (Lynx pardinus). Una verdadera delicia para mi compañera. Una vez abandonó la escena, recogimos nuestros equipos y nos lanzamos a recorrer la distancia que nos separaba de la aldea de Rumbak, donde cenaríamos, haciendo con nuestros relatos las delicias de nuestros anfitriones y ellos las nuestras con sus agasajos y amable trato. A la mañana siguiente abandonamos la montaña, que ya llevamos en nuestro recuerdo y corazón.


                                     




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