sábado, 7 de marzo de 2026

Presentación de alguien.

 


Recuerdo el olor. Ese primer olor a tierra que no es la tuya. Polvo caliente levantándose, no como una cortina, sino como un suspiro largo bajo las patas de animales que solo conocía por los libros. Las Montañas de la Luna, en aquel atardecer lejano, no fueron un espectáculo. Fueron una presencia. Yo tenía veintitantos, la mochila incómoda y una especie de vértigo silencioso en el pecho. No iba a conquistar nada. Iba, sin saberlo, a rendirme. Buscaba algo que no tenía nombre, quizás solo un instante de quietud dentro del movimiento. El momento en que el afuera—la sombra elusiva de un felino, el crujido de una rama—y el adentro—el propio aliento conteniéndose—dejan de ser dos cosas. Ese instante se convirtió, con los años, en mi única liturgia verdadera.

Ahora, mirando atrás desde los cincuenta y ocho, mi biografía es una colección de coordenadas. No de logros, sino de sitios. De atmósferas. El frío mineral de una cueva, el peso húmedo del aire en la cuenca del Manzanares minutos antes de que un corzo cruce una senda de agua, la luz plana del desierto namibio. He tenido oficios: técnico con geo-radar, construtór de casas, hombre que fotografía sombras del pasado bajo el sol. Eran los trabajos que permitían el Trabajo: el de vagabundear con los sentidos despiertos. Mi verdadera profesión fue siempre la de viajero.

Este escrito que aquí comienza no aspira a ser un recuento de hazañas. Quiere ser el rastro de una vida construida bajo dos luces distintas, a veces contradictorias: la luz clara y dura de la libertad individual sin concesiones, y la luz difusa, dorada, del taoísmo, que habla de ceder y fluir. Parecen opuestas. La rebeldía absoluta y la aceptación plena. Pero encontré su punto de encuentro, su equilibrio inestable, en el simple acto de caminar por el mundo. Viajar fue mi forma de anarquía y mi modo de meditación. Mi principal quehacer y la raíz de todo lo que he aprendido—sobre la tierra y sobre la gente.

El viaje como acto de libertad radical y auto-soberanía

Desde este ángulo, cada partida era un pequeño exilio voluntario. Una renuncia suave a lo establecido. Las reglas, los roles, las expectativas se quedaban atrás, perdiéndose en la distancia como los postes del telégrafo. Mi libertad no era un concepto, era algo físico. Se palpaba en el peso de la cantimplora llena, en la decisión de torcer a la izquierda en un cruce de caminos, en el silencio de semanas sin noticias. Los trámites, los visados, eran los últimos ecos de un ruido del que me alejaba. Era, en esencia, recuperar la propiedad completa de mi tiempo y mis pasos.

Esto no era un simple pasatiempo. Era una postura ética. En la inmensidad de Namibia, intentando descifrar el rastro de un leopardo, la única autoridad era la necesidad pura: encontrar agua, resguardarse, no molestar. La responsabilidad era íntegra y terrible. Un error de cálculo no tenía apelación en ningún tribunal; sus consecuencias eran inmediatas y naturales. En esa soledad, uno se reduce a su esencia: un ser consciente, frágil, en un sistema enorme. Ahí se vive el libertarismo en estado puro: la soberanía total sobre uno mismo, con su belleza y su soledad incluidas.

Mis trabajos esporádicos—como técnico con georadar, como ayudante en prospecciones—eran extensiones de esa libertad. No una carrera, sino artesanías curiosas. La foto-arqueología era mi manera de robarle fragmentos al tiempo, ese otro gran tirano. Lo que llamo “vagancia” era justo lo contrario al ocio: era el tiempo reclamado, no vendido ni intercambiado. Tiempo para mirar una piedra, para seguir el vuelo de un ave sin propósito, para dejar que la curiosidad, y no la obligación, marcase el rumbo. Cada viaje era un voto de confianza depositado en mí mismo.

El viaje como práctica taoísta y vía de disolución del yo

Y, sin embargo, esa misma independencia férrea era el camino hacia su contrario. Porque al entregarme a la vastedad—ya fuera el cielo estrellado sobre el Kalahari, el silencio denso de una cueva en Borneo, o el caos verde de una selva—ese “yo” tan defendido empezaba a desdibujarse.

El taoísmo, con su Camino (el Dao) y su no acción (wu wei), encontraba su escuela perfecta en lo salvaje. Acompañar a un felino es la lección definitiva de wu wei. No se persigue. Se escucha. Se espera. Se camina si él camina; se para si él se para. Aprendes a leer el lenguaje del lugar: la dirección del viento, la frescura de una huella. La voluntad personal se ablanda, se adapta al ritmo del hábitat. Dejas de ser un extraño para convertirte, con suerte, en un elemento más del paisaje, uno que no altera su armonía. Ver un tigre pescador en los manglares de Sundarbans, después de días de paciente quietud, no es una victoria. Es un regalo. La recompensa por haber sabido fundirte con el entorno, por haber apagado el eco de tu propia presencia.

En la espeleología, bajando a la oscuridad, o en el buceo, suspendido en el azul, esa disolución es casi literal. El cuerpo obedece a otras leyes, la mente racional se calla. Queda solo la percepción. En esos estados, el Dao De Jing deja de ser filosofía y se vuelve una experiencia del cuerpo: la idea del vacío que todo lo contiene, de la flexibilidad del agua. Viajar, así entendido, era un proceso de vaciado. Cada frontera cruzada era dejar atrás un prejuicio. Cada paisaje nuevo era una oportunidad de soltar una certeza. Lo que quedaba, con suerte, era algo más ligero, más atento, más parte del todo.

La síntesis: el nómada como puente. La empatía radical.


Aquí es donde los dos hilos—la libertad individual y la disolución taoísta—se tejen para formar la tela más valiosa: la de una empatía radical.

La parte libertaria de mí rechazaba las etiquetas impuestas: nacionalidad, banderas, clases. La parte taoísta anhelaba borrar los límites entre el yo y el resto. El viaje fundió ambos deseos. Al soltar mi identidad prefabricada y al practicar la disolución en la naturaleza, me volví permeable a los demás.

Esta empatía no es la lástima del turista, ni la solidaridad abstracta. Es algo más orgánico. Es la que nace al compartir el calor de un fuego con un bereber en las montañas de Argelia, donde el silencio y el gesto de ofrecer un vaso de té hablan más que los discursos. Es la que surge al trabajar junto a un equipo de arqueólogos bolivianos, bajo un mismo sol, buscando un pasado que es su herencia y, por un momento, también mi curiosidad. Es la que reconoce, en los ojos de un pescador de Sumatra, la misma chispa de preocupación o alegría que hay en los de un leñador canadiense o en los míos propios.

Al liberarme de mis propias ataduras, podía ver las de los otros no como folklore, sino como variaciones de la misma condición humana. Y al disolverme en el paisaje, entendí que esas personas no estaban separadas del ecosistema; eran parte de él, con una sabiduría práctica que mis instrumentos a menudo no podían medir. Esta conexión no se basa en que seamos iguales—somos profundamente diversos—sino en una resonancia simple. En saber que, bajo pieles distintas, late la misma búsqueda, el mismo miedo a la tormenta, la misma capacidad de asombro ante el rugido en la noche.

La Memoria bajo la Roca y la Semilla en la Pared

La Arqueología Fúngica: Un Diálogo con el Tiempo Vivo
Junto a la búsqueda de lo vivo y fugaz, creció en mí una obsesión silenciosa por lo lento y persistente. Mientras mis ojos seguían felinos, mis dedos buscaban la textura de la roca en cuevas y abrigos. Lo que llamé, para mí, arqueología fúngicami práctica personal de observación de la vida que coloniza el arte del pasado. En la cornisa cantábrica, vi cómo musgos y hongos creaban un jardín sobre pinturas esquemáticas, siendo a la vez sus guardianes y sus lentos consumidores. En el Tassili argelino, observé las costras del desierto, ecosistemas microbianos que cartografiaban las fisuras del arte con su pátina. En el Drakensberg sudafricano, documenté los círculos concéntricos de hongos que crecían junto a las figuras de eland de los san, no sobre ellas, como vecinos en un ciclo natural. En los cañones pueblo de Norteamérica, los líquenes se fundían con los petroglifos hasta ser indistinguibles, y en una cueva de yeso de Nuevo México, manos en negativo estaban enmarcadas por una aureola de hongos quitridios, como un rocío fosilizado. Esta práctica era mi wu wei aplicado a la historia: aceptar la transformación integrada, ver cómo la naturaleza reinterpreta nuestro legado insertándolo en un flujo mayor. Era también un acto de libertad cognitiva, de hacer preguntas fuera del canon académico.

La Micolitografía: El Hongo como Símbolo
Pero existía otra faceta: la representación del hongo. En el Abrigo de Selva Pascuala en España, encontré formas verticales coronadas por semiesferas, claramente setoides, pintadas junto a figuras humanas. No eran bastones; eran hongos. En el Tassili, revisité frescos donde personajes en actitud ritual portan objetos micoformes, con una similitud inquietante a ciertos hongos psilocíbicos. En el arte san, ciertas figuras abstractas cerca de las escenas de eland podían leerse como representaciones estilizadas del vehículo del trance chamánico. Incluso en la Cueva de la Fuente del Trucho en el río Vero, motivos de puntos, caballos y, sobre todo, el conjunto de manos en negativo —algunas con los dedos incompletos, un enigma tan íntimo como inquietante—, me evocaban las redes de micorrizas, el "internet" forestal. Y en petroglifos sudamericanos, descubrí la iconografía ictio-micóidea, donde peces y hongos se fusionan en un solo glifo, simbolizando quizás los dos polos del ciclo de transformación de la materia: el agua y la descomposición. Estos símbolos no eran decoración; eran mapas cognitivos de un conocimiento profundo y sagrado sobre la interconexión de la vida.

Encuentros en la Senda Micófila: El Conocimiento Vivo
Esta búsqueda me llevó inevitablemente al presente, a los guardianes vivos de ese conocimiento. En los valles áridos de Nuevo México, no lejos de donde exploraba cuevas de yeso, un encuentro en Taos Pueblo me reveló otra faceta del vínculo. Un anciano de la comunidad, mientras compartía el pan, habló no de hongos, sino del "hilo de la memoria" que tejen las plantas del desierto y ciertos líquenes que crecen en las rocas sagradas. Para él, eran la "primera escritura", un registro vivo y lento que precede y supera a cualquier pintura. No era un camino de trance, sino de continuidad. El conocimiento no era un río que fluía, sino una raíz que persistía bajo la tierra más seca, esperando la lluvia ocasional de la comprensión.

En Qinghai, China, un encuentro fortuito con un anciano local, cuyo conocimiento me fue transmitido a través de un intérprete durante una expedición, me reveló otro uso. Él describía el uso de ciertos hongos de la meseta no como un enteógeno, sino como una tecnología cognitiva para la supervivencia. En pequeñas dosis, servía para "seguir el rastro del viento" o "encontrar el agua escondida", afinando la percepción para leer el desierto de sal. Era un pragmatismo sagrado, una herramienta para navegar la realidad. En los Sundarbans de India, un pescador anciano me habló del hongo como "el aliento del pantano" que "come la madera lenta, pero come. Como el tiempo". Allí, la lección fue de humildad ante la entropía, el reconocimiento de la fragilidad. Finalmente, en las tierras altas de Bolivia, mientras acompañaba a un equipo que documentaba pictografías cerca del Nevado Sajama, un investigador local aymara, hombre de doble formación académica y comunitaria, me dio la clave de la síntesis. Al señalar un conjunto de espirales y puntos en una roca, dijo: "Para nuestra gente, estos son los ojos del cerro, los sitios donde la tierra mira. Pero mirando con los dos ojos, el del abuelo y el del científico, también son el dibujo del crecimiento, como el micelio cuando se expande desde una semilla". En él vi al verdadero puente cultural, la encarnación viviente de que el símbolo ancestral y la comprensión ecológica moderna no se contradicen, sino que se iluminan mutuamente, revelando una sabiduría atemporal sobre la red de la vida.

Estos encuentros cerraron el círculo. Dejé de ser un mero observador para convertirme en un nodo más en la red que estudiaba, conectando historias vivas con las huellas del pasado. La empatía radical se volvió entonces concreta y polifónica, capaz de abarcar lo sacramental, lo práctico, lo temeroso y lo científico en el diálogo eterno entre el humano y el hongo.

La Geometría del Acecho: Una Vida Entre Felinos

Si el viaje fue el marco y la filosofía el lienzo, los felinos fueron, sin duda, los trazos de tinta china que dieron sentido a todo el dibujo. No fueron un mero interés zoológico, un capricho de coleccionista de especies. Fueron mis maestros de geografía, mis guías hacia la soledad más profunda y, en última instancia, mis espejos más implacables. Ver un felino en su estado salvaje nunca es un simple avistamiento; es una ceremonia de iniciación en un orden de realidad distinto. A lo largo de cuatro continentes, desde las planicies abrasadoras hasta los riscos helados, mi vida se configuró alrededor del acecho, la espera y el fugaz, sublime instante del encuentro. Ellos, los depredadores supremos, me enseñaron las lecciones más esenciales: sobre la paciencia, sobre la economía del movimiento, sobre la belleza letal y sobre el silencio que habla más fuerte que cualquier grito.



Mi fascinación no comenzó con el rugido del león, sino con un susurro. Y ese susurro tuvo acento peninsular. Fue el lince ibérico el que me enganchó para siempre, el que plantó la semilla de esta búsqueda de por vida. No fue en una selva exótica, sino en las ásperas y bellas dehesas de Sierra Morena, bajo un cielo de un azul invernal despejado y frío. Había pasado tres días enteros tras un rumor, una sombra vista por un pastor. El frío calaba los huesos, la paciencia se filtraba entre los alcornoques. Y entonces, casi al abandonar la esperanza al cuarto amanecer, sucedió. No fue un avistamiento espectacular, sino íntimo. Una figura compacta y poderosa, de pelaje más manchado y rojizo de lo que esperaba, emergió de un matorral de jara a no más de treinta metros. Se detuvo, de perfil. Sus característicos pinceles negros en las orejas se irguieron como antenas. Y luego, giró la cabeza. Sus ojos, de un ámbar intenso y profundo, me atravesaron. No fue una mirada de miedo, ni de desafío. Fue una mirada de reconocimiento total. En ella había una antigua inteligencia, una serena consciencia de ser el amo último de ese monte. Se sostuvo por dos, quizás tres segundos que fueron una eternidad. Luego, con una elegancia absoluta, dio media vuelta y se fundió en el matorral sin un solo crujido, sin una sola hoja movida fuera de lugar. Desapareció como si nunca hubiera estado allí.

Aquella eficiencia absoluta, esa capacidad de ser y no ser, de materializarse y evaporarse, fue un choque existencial. No era el felino más grande, sino el primero y el más preciso, el que trazó en mí el patrón de toda búsqueda futura, pero en su mirada y en su desaparición contenía la esencia de todo lo que vendría después: el misterio, la paciencia, la recompensa sublime de la espera. Fue la primera lección, la más importante. Desde entonces, la búsqueda se volvió obsesiva y se expandió. Perseguí a sus primos lejanos: al lince boreal, un fantasma gris entre los abetos de los Cárpatos; al lince canadiense en las tundras de Alaska, cuyas enormes patas eran la única respuesta posible al mundo congelado; y al lince rojo en los cañones de Arizona, una sombra cobriza del crepúsculo. Pero siempre, el primero, el que abrió la puerta, fue el lince ibérico, el fantasma de la dehesa. En todos ellos aprendí que la esencia del felino no es la fuerza bruta, sino la especialización extrema. Son la respuesta perfecta, evolucionada durante milenios, a un problema concreto de supervivencia. Mi libertarismo veía en ellos al individuo supremo, autosuficiente y perfectamente adaptado a su nicho sin concesiones. Mi taoísmo veía la encarnación del wu wei: no malgastar un ápice de energía, moverse solo cuando es necesario, fundirse con el entorno hasta desaparecer.

Pero si el lince era el susurro, el leopardo fue la poesía ambigua. Lo encontré en todos sus estados. En el Parque Nacional de Yala, en Sri Lanka, lo vi beber con indolencia en una charca, su pelaje un mosaico de sol y sombra sobre la piel. En el Parque Nacional Kruger, fui testigo de un acto de cópula que nada tuvo que ver con la ternura y todo con la potencia raw del instinto. Fue en pleno día, en el claro formado por la base de un árbol espinoso de baja altura. La pareja se unió con un gruñido ronco, un forcejeo breve y violentamente bello. Solo había romance, el más puro y urgente, escrito en el lenguaje mismo de la biología. La luz cruda del mediodía no suavizaba nada; al contrario, acentuaba cada músculo en tensión, cada movimiento preciso. Fue una de las escenas más eróticas y, a la vez, más ajenas a lo humano que he presenciado. La energía que desprendían era tangible, eléctrica, un cortocircuito de instinto bajo la claridad absoluta. Y luego, en la India central, lo vi cazar. Un descenso desde la rama de un árbol como un rayo oscuro, tan rápido que el antílope ni siquiera tuvo tiempo de alarmarse. El leopardo es el maestro de la improvisación dentro del plan. Tiene una estrategia—la emboscada desde las alturas—pero adapta cada movimiento al segundo, al centímetro. Es el felino urbano, el que sobrevive a las puertas de las megaciudades, el que negocia su espacio con los humanos. En él aprendí que la elegancia puede ser mortífera y que la adaptabilidad es la mayor fuerza. Su éxito no radica en ser el más fuerte, sino en ser el más inteligente, el más capaz de leer un paisaje y aprovechar cada grieta. En mi propio nomadismo, en mi capacidad para sobrevivir con poco y moverme entre culturas, vi un pálido reflejo de su genio adaptable.

La prueba suprema de la paciencia, sin embargo, llevaba un manto de nieve. El leopardo de las nieves no se encuentra; se concede. Lo busqué durante años, primero en las montañas de Ladakh, en la India, y luego en las mesetas desoladas del Tíbet chino. Son paisajes que no perdonan, donde el aire escasea y la belleza es tan vasta que anula. Pasé semanas a 4.500 metros, los ojos escrutando laderas imposibles a través del telescopio, congelado hasta los huesos. La recompensa, cuando llegó, fue doble. En el Tíbet, el fantasma y su acompañante cruzaron una ladera de pedregal a casi un kilómetro de distancia. Eran puntos grises que se movían con una fluidez hipnótica, la cola inmensa del primero balanceándose como un contrapeso perfecto. Pero el momento de gracia absoluta fue en el Himalaya indio, donde di con una hembra y sus dos cachorros jugueteando en un promontorio rocoso al amanecer. La escena tenía una cualidad doméstica surrealista: la madre, vigilante y serena, observaba a las crías que, en la quietud helada, comenzaban a desperezarse y a levantarse con esa torpeza solemne y adorable de todos los cachorros del mundo, pero en un escenario de cimas eternas. En ese instante, el fantasma se hizo tangible, vulnerable, familiar. El leopardo de las nieves dejó de ser un trofeo mitológico para convertirse en una madre en un hogar de roca y hielo. Esta fue la lección más profunda: incluso el más elusivo de los seres, el símbolo de la soledad absoluta, tiene un corazón que late por otros. Mi paciencia taoísta, cultivada durante años de esperas, encontró su justificación perfecta en aquel amanecer helado.

El jaguar me enseñó otra gramática. La del peso, la presencia y la oscuridad. Lo vi por primera vez en las riveras del río Madre de Dios, en la selva boliviana, emergiendo de la espesura para beber. Era un bloque de músculo compacto, una fuerza tectónica con piel de rosetas. Su andar era pura autoridad; no miraba a los lados, poseía el espacio que pisaba. Pero el encuentro más revelador fue en las profundidades del Chaco boliviano. Tras días de rastreo infructuoso, guiado por un rastreador tacana cuya visión parecía rayos X, encontramos huellas frescas que nos llevaron a una ceiba gigante. Y allí, en un claro de luz verde, estaba él: un jaguar melánico, una pantera negra. No era un color distinto; era la esencia misma del jaguar llevada a su expresión más pura. La luz se deslizaba sobre su pelaje como sobre aceite, revelando, solo en ciertos ángulos, el patrón de rosetas fantasma bajo el ébano. Era la sombra hecha carne, el corazón oscuro de la selva. Su mirada me sostuvo por unos segundos eternos. No había miedo en ella, ni agresión; era una evaluación total, un reconocimiento de que yo también era parte del paisaje, un elemento extraño pero presente. El jaguar, y en especial el negro, es el señor de la oscuridad fértil. Representa lo que no se ve, los secretos de la selva, el poder que reside en las profundidades. Para mi visión taoísta, era la perfecta encarnación del Yin: lo receptivo, lo oscuro, lo húmedo, el principio de la tierra. No huía ni atacaba; simplemente era, y su sola existencia imponía un orden.

En Bolivia, mientras visitaba la región de Santa Cruz, me llegaron rumores persistentes de un jaguar negro que los locales llamaban "el espíritu del monte seco". Durante semanas, en los intervalos de mi trabajo principal, dediqué mis tardes libres a explorar los bosques secos chiquitanos, más por el ritual de la búsqueda que por una esperanza real. Nunca lo vi. Pero esa espera, paralela a mi labor técnica, fue igual de formativa. Aprendí que la búsqueda de lo sublime a menudo se entrelaza con las tareas cotidianas, y que el anhelo, la tensión hacia un encuentro que no se consuma, puede ser tan revelador como el encuentro mismo. El "fantasma de los llanos" se definió por su ausencia, enseñándome que algunas presencias se configuran mejor en el territorio de la leyenda y el deseo, y que el misterio, a veces, es un don más valioso que la claridad.

El puma, por contraste, es el filósofo solitario de las selvas. Lo encontré en las tierras bajas de Venezuelarecortado contra el dosel verde y húmedo. Mientras el jaguar es peso y presencia, el puma es línea y sigilo en la penumbra. Es el asceta, el que elige la profundidad y las distancias enormes entre los árboles. Su grito, que tuve la suerte (y el sobresalto) de escuchar una noche, no es un rugido, sino un lamento agudo y penetrante que congela la sangre. Es el sonido de la soledad absoluta. El puma no necesita demostrar nada a nadie. Su reino es la horizontalidad intrincada y el silencio. En él, vi reflejada mi propia necesidad de espacios donde perderme y de una autonomía sin testigos. Es el felino que mejor encarna el viaje interior, la búsqueda que no requiere de auditorio.

Y luego está el tigre. El tigre es el acontecimiento, y a veces, la amenaza que redefine los límites. Lo encontré en los Sundarbans, pero no en una escena idílica de pesca. Lo vi desde una frágil embarcación indígena, al atardecer, cuando las sombras del manglar se alargan. Él emergió de un canal lateral, su cuerpo anaranjado y negro no era una antorcha, sino un misil que se deslizaba hacia nosotros. No buscaba peces. Sus ojos, fijos en la barca, evaluaban una posibilidad distinta. Se detuvo a pocos metros, clavando sus patas en el fango negro. El agua chapoteó con un sonido denso. No hubo zarpada magistral, solo una tensión eléctrica y absoluta. El tigre no ejecutaba una sentencia; negociaba su territorio, recordándonos con su sola presencia quién dictaba las reglas en ese laberinto de raíces y agua salada. Verlo fue sentir el peso ancestral del miedo y el respeto. Es un superviviente de una época en la que los gigantes caminaban por la tierra, y su lucha no es solo por la vida, sino por la primacía. Su mirada no evalúa; impone. En ella no hay lugar para lo secundario, ni siquiera para la inocencia de un observador.

De las dos panteras nebulosas que existen en el mundo, la continental, la de los bosques de la Malasia peninsular, se me ha resistido. La que conocí, la de Borneo, es un fantasma de otro mundo, un animal de isla. Así que guardo a su única pariente en el continente, deliberadamente, como el último gran reto. El viaje no puede terminar mientras haya un fantasma al que rendirle pleitesía.

¿Qué han significado, pues, todos ellos en conjunto? No son trofeos. Son los arquetipos de mi propia vida. El lince me enseñó la eficiencia y la discreción. El leopardo, la adaptabilidad y la intensidad del instante. El leopardo de las nieves, la paciencia y la revelación de la vulnerabilidad en la fortaleza. El jaguar, el poder de lo oscuro y profundo. El puma, el valor de la soledad elegida. El tigre, la majestad de un orden natural que se desvanece. En sus miradas he visto reflejada mi propia animalidad: mi deseo de libertad, mi necesidad de espacios vastos, mi aceptación de la soledad como compañera, y mi entendimiento de que soy, al fin y al cabo, un depredador de experiencias, un cazador de instantes puros en el gran campo de la existencia.

Ellos son la razón por la que mi mapa está lleno de marcas. Son la justificación de todas las esperas, de todos los fríos, de todas las soledades. Y al final, comprendo que no los he estado buscando a ellos, sino a través de ellos. Buscaba, en su perfección salvaje, un reflejo de alguna verdad interior indómita. Y en cada avistamiento, en cada cruce de miradas a través de la distancia, he recibido un fragmento de esa verdad: somos, todos, parte de un mismo flujo, de un mismo y antiguo acecho bajo el sol y las estrellas. La geometría de sus movimientos es la geometría del mundo mismo, y haber sido un testigo humilde de ello ha sido el privilegio definitivo de mi vida.

El último viaje, aún por escribir

Y así se llega al ahora, a las puertas del 2026. El cuerpo es un mapa de pequeñas marcas: la rodilla que cruje recuerda un descenso, el hombro que se resiente habla de un nado antiguo. La mochila ahora es más ligera, y en ella conviven los analgésicos con la brújula.

Este prólogo es solo el primer paso de un camino más largo, de unas treinta o cuarenta mil palabras, que quieren recorrer cada uno de esos reinos felinos: las sabanas, las selvas, las montañas heladas. Pero no será un manual de fauna. Será un intento de trazar el mapa interior que cada encuentro—con un leopardo, con un tigre, con un paisaje, con un símbolo en la roca o con una mirada sabia—dibujó en mí. De cómo el rastro del lince en la nieve canadiense hablaba también del rastro de los pensamientos; de cómo la mirada del león asiático, último en un bosque que se reduce, era un espejo de toda fragilidad; de cómo la pantera nebulosa de Borneo, ese fantasma entre las lianas, se volvió la imagen perfecta de las verdades que solo se intuían; y de cómo un hongo, pintado o vivo, me enseñó que la memoria y la transformación son las dos caras de una misma moneda.

El “último viaje, aún por escribir” del que hablo no está en ningún atlas. Es el viaje que empiezo hoy: el de sentarme, con la memoria llena de imágenes y sensaciones—de rugidos y susurros, de pinturas desvaídas y miradas vivas—y tratar de hilarlas con palabras. De convertir la experiencia en relato, y el relato en un puente. Quizás, en algo que le recuerde a otro que es posible vivir con esa doble aspiración: la de ser completamente libre, y la de sentirse completamente parte del todo. La de ser, al mismo tiempo, un nómada sin amo y un taoísta sin templo. La de encontrar, en la inmensidad cambiante del mundo, desde las sabanas doradas hasta las redes de micelio bajo el suelo, el propio y modesto lugar en la trama infinita de la vida.

Esto es solo el comienzo. La senda está ahí, esperando y mi próximo destino la Pantera nebulosa continental y la India mágica........